• 7 de mayo de 2010
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Esposa y miembro de la Fraternidad San Maximiliano Kolbe

Anita y su esposo Eduardo

En febrero, Ana María renovó su com­pro­miso en la Fra­ter­ni­dad San Maxi­mi­li­ano Kolbe por tres años. ¡Tam­bién cele­bró un año de matri­mo­nio! Nos com­parte como per­te­ne­cer a la Frat’ la ayuda en su vida matri­mo­nial.

Recuerdo cla­ra­mente el día de mi boda, pero lo que más ate­soro en mi memo­ria es el momento pre­ciso en que mi esposo y yo nos hici­mos entrega de los ani­llos. Fueron segun­dos en los que me pasa­ron muchas cosas: me tem­bla­ban las manos, mi cora­zón latía tan fuerte y rápido que pare­cía iba a esta­llar, y en medio de esas sen­sa­cio­nes pensé:«hoy ini­cia­mos una alianza para toda la vida», porque el anillo sig­ni­fi­caba para mí el inicio de nuevos pro­yec­tos, nuevos anh­e­los, de un nuevo apos­to­lado, ese día empe­zaba a ser esposa y era el inicio de mi nueva voca­ción.

Este mara­vi­lloso acon­te­ci­miento en mi vida me lleva a pensar sobre uno de los gran­des retos que deben enfren­tar los jóve­nes: encon­trar su lugar en la socie­dad y en la Igle­sia. Des­cu­brir la propia voca­ción. Hoy el atrac­tivo es ser parte de esta socie­dad de con­sumo que nos hace indi­vi­dua­lis­tas, mate­ria­lis­tas y hedo­nis­tas. De aquí el rechazo a todo aque­llo que impli­que sacri­fi­cio y renun­cia; al esfuerzo de buscar y vivir los valo­res espi­ri­tua­les. Mi camino con Puntos Cora­zón, a través de la Fra­ter­ni­dad, me lleva a des­cu­brir lo que Dios quiere de mí, me enseña a escu­char, a estar atenta, a expe­ri­men­tar, a con­fron­tar, esta per­te­nen­cia la que tras­ciende a mis fami­lia­res, a mis amigos, a mi esposo y más ade­lante a los hijos que ven­drán.

Nin­guno de los deseos e ilu­sio­nes con los que inicié este camino serían pen­sa­dos sin la inter­ven­ción de Dios en mi vida; este lla­mado a ser la ayuda idónea de mi esposo, inten­tar ser una mujer vir­tuosa y una ver­da­dera mujer de Dios.

El amor es un apren­di­zaje de cada día; se nece­sita ir cre­ciendo juntos, madu­rando juntos para hacer de este tú y yo, un noso­tros en el Señor.

Anita Valle-Riestra de Molina

«El don que Dios nos ha dado con el matri­mo­nio y la vida fami­liar nos per­mite expe­ri­men­tar un poco del amor infi­nito que une a las tres per­so­nas divi­nas, Padre, Hijo y Espí­ritu Santo.» (Bene­dicto XVI)


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