• 23 de septiembre de 1990
es

Carta Puntos Corazón (1990)

Hay niños que ya no saben son­reír.
Hay niños que están solos en el mundo.
Hay niños que comen tierra y basura para calmar su hambre.
Hay niños que son ven­di­dos.
Hay niños que los ricos uti­li­zan como bien de goce.
Hay niños de diez años a quie­nes con­fían armas.
Hay niños que son tor­tu­ra­dos.

Cuando un niño es aban­do­nado a su suerte, cuando un niño conoce tales dramas, se forma sobre nues­tro pla­neta un punto negro, un punto de ver­güenza para la huma­ni­dad entera. Más aún, cada vez que un niño es tra­tado así, es el cuerpo de Cristo el ata­cado, el herido, el des­fi­gu­rado.

Para reme­diar esta situa­ción, los esta­dos toman deci­sio­nes, la O.N.U. pro­mulga la Carta de los Dere­chos del Niño. Además, mil obras se han creado, civi­les o reli­gio­sas que tienen por misión ir en ayuda de los niños del mundo entero. Y sin embargo, ¡las nece­si­da­des aún son inmen­sas! Es por ello, sin duda, que hemos reci­bido la intui­ción de crear una pequeña obra que con­fia­mos a su ora­ción. Una obra cuyo desa­rro­llo espe­ra­mos, porque amamos infi­ni­ta­mente a los niños y sabe­mos que Dios habita en sus cora­zo­nes, porque cree­mos que los niños son nues­tros maes­tros, ino­cen­tes y vul­ne­ra­bles y porque Jesús nos dice: «Les ase­guro que si uste­des no cam­bian o no se hacen como niños, no entra­rán en el Reino de los Cielos» (Mt. 18, 3). Una obra cuyo desa­rro­llo espe­ra­mos porque tene­mos el inmenso deseo de que la dig­ni­dad de los niños del mundo entero sea reco­no­cida.

Que­re­mos dar a esta obra el nombre elo­cuente de «Puntos Cora­zón».

¿Qué son los Puntos Cora­zón?

Los Puntos Cora­zón quie­ren ser peque­ños hoga­res dise­mi­na­dos por el mundo
entero, sim­ples refu­gios de amor y ter­nura, donde cada niño (de la calle), pueda ser reci­bido, escu­chado, res­pe­tado, en fin, mirado con una mirada que comu­ni­que el calor ardiente del amor - «Jesús lo miró con amor» (Mc. 10, 21).

¿Dónde ins­ta­lar los Puntos Cora­zón?

OS Puntos Cora­zón se ins­ta­la­rán en todas las dió­ce­sis cuyos obis­pos los soli­ci­ten o los reci­ban. Como lugar de fun­da­ción, se ele­girá un barrio donde se encuen­tren los niños más infe­li­ces entre los más infe­li­ces, los más aban­do­na­dos entre los más aban­do­na­dos. El Punto Cora­zón se ase­me­jará lo más posi­ble a las vivien­das del barrio en el que será implan­tado. Los Amigos de los niños -así se lla­mará a los que habi­ten los Puntos Cora­zón- tra­ta­rán de mejo­rar o arre­glar lo menos posi­ble el lugar para evitar que des­pués de algu­nos años este hogar se vuelva un pala­cio.

Apenas lle­ga­dos a la «morada de rey» con­ce­dida por la Pro­vi­den­cia, los Amigos de los niños ins­ta­la­rán en ella un pequeño rincón de ora­ción que los ayu­dará a diri­girse sin cesar a Dios y que, más aún, ayu­dará a los niños que vengan a visi­tar­los, a des­cu­brir la pre­sen­cia cons­tante de Dios en su cora­zón.

¿Quién vivirá en los Puntos Cora­zón?

En un prin­ci­pio, los Puntos Cora­zón serán fun­da­dos por uno (o varios) Ser­vi­do­res de Jesús y de María. Más ade­lante, podrán ser fun­da­dos por algu­nos jóve­nes que ya hayan vivido esta expe­rien­cia en otro lugar, por reli­gio­sos o reli­gio­sas de otras con­gre­ga­cio­nes o por sacer­do­tes secu­la­res, listos a res­pe­tar ente­ra­mente el espí­ritu y la fina­li­dad de la Obra.

No obs­tante, la mayo­ría de los Amigos de los niños serán jóve­nes, veni­dos de los cuatro rin­co­nes de la tierra, que hayan reci­bido el lla­mado de dar por lo menos un año de sus vidas al ser­vi­cio de los peque­ños. Podrá des­per­tarse su voca­ción por medio de con­fe­ren­cias, folle­tos, artícu­los. Estos jóve­nes serán en primer lugar bus­ca­do­res de Dios, dota­dos de una real capa­ci­dad de adap­ta­ción a una lengua, a una cul­tura, a cos­tum­bres dife­ren­tes de las suyas. Debe­rán gozar de una buena salud física y sobre todo, de un real equi­li­brio psi­co­ló­gico y afec­tivo. Antes de su par­tida, los res­pon­sa­bles de la Obra esta­ble­ce­rán su apti­tud. Sin embargo, no se pedirá a los Amigos de los niños
com­pe­ten­cias espe­cia­les en mate­ria de edu­ca­ción, de for­ma­ción, de sico­lo­gía; se les pedirá más bien que se atre­van a darse sin medida y que inten­ten amar a esos niños como Dios los ama: - «Ámense los unos a los otros, así como yo los he amado.» (Jn. 13, 34).

Antes de partir hacia el Punto Cora­zón asig­nado, los Amigos de los niños debe­rán seguir una pre­pa­ra­ción espi­ri­tual, par­ti­ci­pando en fines de semana de for­ma­ción que los ayuden a com­pren­der bien el espí­ritu de la Obra. Podrán así, asis­tiendo a con­fe­ren­cias, leyendo obras que les serán acon­se­ja­das, etc., empe­zar a com­pren­der la rea­li­dad del país en el que se esta­ble­ce­rán. Final­mente, será nece­sa­rio que posean un buen cono­ci­miento de la lengua del mismo, que les ser­virá para expre­sarse mejor en el lugar. Al llegar al país en el que se ins­ta­la­rán, serán reci­bi­dos y ayu­da­dos por aque­llos que están ya esta­ble­ci­dos en el Punto Cora­zón. Durante varias sema­nas, los «ex Amigos
de los niños» los ayu­da­rán a tomar la posta, hacién­do­les cono­cer el barrio,
pre­sen­tán­do­les los niños, com­par­tiendo sus expe­rien­cias. Esto per­mi­tirá que haya una real con­ti­nui­dad en la tarea cum­plida por los Puntos Cora­zón bus­cando que la brusca par­tida de algu­nos no pro­duzca una nueva herida en el cora­zón de los niños. Puede espe­rarse tam­bién que algu­nos jóve­nes per­ma­nez­can más de catorce meses para crear mayor esta­bi­li­dad en la comu­ni­dad. Además, en cada Punto Cora­zón se escri­birá un diario, bas­tante deta­llado, cuya lec­tura per­mi­tirá a los recién lle­ga­dos des­cu­brir la his­to­ria de la casa, las expe­rien­cias que en ella se han inten­tado, las per­so­nas que han
sido reci­bi­das, la evo­lu­ción de algu­nos niños del barrio, etc.

¿Qué espí­ritu ani­mará a los Amigos de los niños?

Los Amigos de los niños esta­rán ani­ma­dos por un real espí­ritu de dul­zura y
humil­dad. No par­ti­rán como con­quis­ta­do­res, sino como ser­vi­do­res, como dis­cí­pu­los. Comen­za­rán esta aven­tura con la cer­teza de que reci­bi­rán mucho más de lo que apor­ta­rán, y darán gra­cias a Dios por haber­los lla­mado a este ser­vi­cio.

He aquí algu­nos puntos que carac­te­ri­za­rán par­ti­cu­lar­mente su pre­sen­cia:

• Los Amigos de los niños vivi­rán de una fe viva, reco­no­ciendo en cada uno de
aque­llos a los que se acer­quen, al Señor pre­sente «bajo las espe­cies del niño» (padre Pey­ri­guère); lo res­pe­ta­rán infi­ni­ta­mente, mani­fes­tán­dole así su dig­ni­dad de hombre y de hijo de Dios. Este res­peto se mani­fes­tará bien con­cre­ta­mente en el voca­bu­la­rio y el tono de voz uti­li­za­dos para hablar a los niños o de los niños (se evi­tará así, por ejem­plo, todo tér­mino un poco des­pec­tivo o un tanto vulgar...), escu­chando lo que digan, y en los gestos por los cuales se les expre­sará el afecto. Ello reque­rirá, desde luego, que los Amigos de los niños se tes­ti­mo­nien mutua­mente un gran res­peto, que sepan escu­charse hasta el fin y que se mani­fies­ten, deli­ca­deza y mutua aten­ción, en un espí­ritu de real cas­ti­dad.

• Inten­ta­rán vivir en la más per­fecta comu­nión, for­mando un solo cora­zón, otor­gán­dose el perdón lo más rápido posi­ble des­pués de haberse ofen­dido y tan fre­cuen­te­mente como sea nece­sa­rio; no se cri­ti­ca­rán jamás mutua­mente, sino que se esti­ma­rán y se alen­ta­rán en el Señor.

• Se esfor­za­rán para que su estilo de vida no engen­dre ningún escán­dalo en el cora­zón de los peque­ños que ser­vi­rán.

• Evi­ta­rán toda queja, todo espí­ritu de com­pa­ra­ción con lo que han dejado, toda toma de posi­ción polí­tica, toda crí­tica o todo juicio sobre las per­so­nas con las que esta­rán lla­ma­dos a pasar el año.

• Irán hacia los niños con el cora­zón de Jesús, que lo llevó a ponerse de rodi­llas ante sus dis­cí­pu­los y a lavar­les los pies.

• No duda­rán en trans­mi­tir el Evan­ge­lio de manera explí­cita a los niños que
encuen­tren, res­pe­tando, sin embargo, sus cos­tum­bres, su edu­ca­ción, etc.

• Ele­gi­rán a la Virgen María como aque­lla que les ense­ñará día tras día a vivir las Bie­na­ven­tu­ran­zas y a tener acti­tu­des, refle­jos, pala­bras y gestos ver­da­de­ra­mente evan­gé­li­cos, es decir por­ta­do­res de la Buena Nueva.

• A pesar de los sufri­mien­tos que encuen­tren y que puedan aba­tir­los, tra­ta­rán de acoger para ellos, y brin­dar a los niños, en toda cir­cuns­tan­cia, la ale­gría de la espe­ranza.

• Sabrán cele­brar las fies­tas litúr­gi­cas con dig­ni­dad y comu­ni­car a los niños las
razo­nes pro­fun­das de esas cele­bra­cio­nes; tra­tando asi­mismo de marcar, mediante una u otra señal, los acon­te­ci­mien­tos de la vida fami­liar de la casa: fies­tas, cum­plea­ños, reci­bi­miento de un hués­ped, etc.

• De vez en cuando, los Amigos de los niños no duda­rán en tomar uno o más días de retiro comu­ni­ta­rio, podrán tam­bién, cuando sien­tan la nece­si­dad de ello, partir en sole­dad para des­can­sar o rezar más inten­sa­mente.

• Y sobre todo, los Amigos de los niños se reu­ni­rán fre­cuen­te­mente en su «rincón de ora­ción» o en la igle­sia más cer­cana para diri­girse a Dios, dán­dole gra­cias por su bondad y su mise­ri­cor­dia, pidiendo que les otor­gue una pro­funda comu­nión -«Es por ello que reco­no­ce­rán...»-, con­fián­dole todos los niños y las mise­rias del mundo entero -en par­ti­cu­lar aque­llas des­cu­bier­tas en todos los Puntos Cora­zón-. Los Amigos de los niños dirán cada día juntos el rosa­rio: la ora­ción de los pobres y los peque­ños; esta ora­ción favo­re­cerá una pre­sen­cia par­ti­cu­lar de la Virgen María, real Fun­da­dora de la Obra, en cada uno de estos peque­ños refu­gios de amor. En su ora­ción coti­diana, los Amigos de los niños con­tem­pla­rán par­ti­cu­lar­mente al Señor Jesús en el pese­bre y en la cruz, donde, más que en ningún otro momento de su exis­ten­cia terres­tre, Él se mues­tra desa­r­mado, pequeño y vul­ne­ra­ble. Día y noche, cele­bra­rán la Litur­gia de las Horas y harán todo lo que les sea posi­ble para par­ti­ci­par todos los días de la misa, donde reci­bi­rán la gracia de entre­garse sin límite al Padre pre­sente en cada uno de aque­llos a los que son envia­dos. Recu­rri­rán final­mente a la
inter­ce­sión de los Santos Ino­cen­tes, de San Vicente de Paul, de Santa Tere­sita del Niño Jesús, de Don Bosco, del Padre Juan Eduardo Lamy e invo­ca­rán a sus Ánge­les Cus­to­dios para que los guíen y los sos­ten­gan, par­ti­cu­lar­mente en las cir­cuns­tan­cias más deli­ca­das.

Tam­bién hay que decir que cada Punto Cora­zón es en primer lugar una comu­ni­dad con­tem­pla­tiva. Pero la pala­bra no debe asus­tar. La ora­ción hará a cada uno más gene­roso y «eficaz», y el Espí­ritu Santo, que con­ce­derá sus luces en la ora­ción, per­mi­tirá des­cu­brir sin tan­teos, las ver­da­de­ras nece­si­da­des de los que rodean a los Amigos de los niños.

Es evi­dente que esta expe­rien­cia será un enorme aporte para los jóve­nes que le con­sa­gren un momento de sus vidas. Ella puede con­mo­ver­los y les per­mi­tirá sin duda, des­cu­brir lo esen­cial y enca­rar la con­ti­nua­ción de su exis­ten­cia de manera radi­cal­mente nueva, con obje­ti­vos dis­tin­tos de aque­llos que tenían ante­rior­mente. Tomo como ejem­plo lo expre­sado por una volun­ta­ria de Madre Teresa en Cal­cuta: "Tengo la impre­sión de hacer un gran retiro dado que, al con­tacto de la pobreza más radi­cal, uno es nece­sa­ria­mente lla­mado a cues­tio­narse y a inte­rro­garse sobre el sen­tido que quiere dar a su
vida".

Está tam­bién la pala­bra de Jesús: «El que recibe a uno de estos peque­ños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado.» (Mc. 9,37).

¿Qué harán los Amigos de los niños?

Para los Amigos de los niños, lo esen­cial no será el hacer. Hay escue­las, hos­pi­ta­les, orfa­na­tos... Los Puntos Cora­zón no serán nada de eso. Serán sen­ci­lla­mente hoga­res, para nada espe­cia­li­za­dos, en donde los niños sabrán que siem­pre pueden ir para ser escu­cha­dos, que­ri­dos, com­pren­di­dos. Esto no impe­dirá, por supuesto, que si el amor los llama a ello, los Amigos de los niños podrán en oca­sio­nes dar de comer a los niños, cui­dar­los, des­per­tar­los a la lec­tura y a la escri­tura, ayu­dar­los en tal o cual trá­mite, reci­bir­los por una noche, ense­ñar­les el cate­cismo y el valor de la ora­ción. Los Puntos
Cora­zón serán enton­ces humil­des com­ple­men­tos de las fami­lias. Los Amigos de los niños podrán tam­bién orga­ni­zar paseos para los peque­ños, juegos, encuen­tros, en fin toda acti­vi­dad pun­tual que los abra a otros hori­zon­tes. Ello reque­rirá evi­den­te­mente de los Amigos de los niños una gran fle­xi­bi­li­dad, una cons­tante dis­po­ni­bi­li­dad y un real espí­ritu de crea­ti­vi­dad.

Los Amigos de los niños actua­rán en pro­funda comu­nión con el obispo de su
dió­ce­sis y con el párroco corres­pon­diente al lugar en el cual se esta­ble­ce­rán. Pro­cu­ra­rán asi­mismo tener lazos estre­chos con las dis­tin­tas orga­ni­za­cio­nes dedi­ca­das a la edu­ca­ción y los hos­pi­ta­les crea­dos en las cer­ca­nías, a quie­nes podrán hacer algu­nos favo­res pre­ci­sos y enviar­les, oca­sio­nal­mente, a los niños sus­cep­ti­bles de reci­bir for­ma­ción y cui­da­dos. En este sen­tido, cada Punto Cora­zón se defi­nirá tam­bién como un «puente» entre la calle y la parro­quia, entre la calle y las orga­ni­za­cio­nes cari­ta­ti­vas.

Dicho de otro modo, los Amigos de los niños tra­ta­rán de ser al mismo tiempo un cora­zón paterno, materno y fra­terno, un cora­zón atento, com­pa­sivo y aco­ge­dor. Lo esen­cial para ellos será la cali­dad de su pre­sen­cia y ésta será más fuerte cuanto más cerca de Dios se encuen­tre. En este sen­tido, los Amigos de los niños serán en primer lugar «ado­ra­do­res en espí­ritu y en verdad» (Jn. 4, 23).

Por lo tanto, se inten­tará que los pas­to­res que reci­ban los Puntos Cora­zón, res­pe­ten su voca­ción tra­tando de no emplear, cons­tan­te­mente, a los Amigos de los niños en tareas parro­quia­les (aún cuando las nece­si­da­des sean inmen­sas, cosa que por otra parte se com­prende per­fec­ta­mente), o para dar su ayuda en tal o cual escuela, obra u hos­pi­tal... Ello des­via­ría a los Puntos Cora­zón de su real voca­ción y no res­pe­ta­ría la intui­ción que nos ha sido dada. Se trata de que los Amigos de los niños estén lo más posi­ble en las calles de su barrio o en su casa, listos para reci­bir a quien golpee...

Deberá reco­no­cerse un espí­ritu común en todos los Puntos Cora­zón. Sin embargo, cada uno de ellos podrá tener acti­vi­da­des dis­tin­tas, según el lugar donde estén esta­ble­ci­dos y la manera en que el Espí­ritu Santo los con­duzca. Las dife­ren­tes comu­ni­da­des man­ten­drán rela­cio­nes epis­to­la­res fre­cuen­tes, pro­fun­das, que con­tri­bui­rán a formar este espí­ritu carac­te­rís­tico de la fami­lia Puntos Cora­zón.

Una Obra de comu­nión ecle­sial

Nues­tro gran deseo es que la Obra Puntos Cora­zón sea factor de unidad en la
Igle­sia, y que esta unidad se cons­truya alre­de­dor del niño pobre como en otras
partes se cons­truye alre­de­dor del enfermo, del anciano o del dis­ca­pa­ci­tado. Para este fin, desea­mos viva­mente que en los Puntos Cora­zón vivan jóve­nes pro­ce­den­tes de dis­tin­tos movi­mien­tos o miem­bros de comu­ni­da­des reli­gio­sas o ins­ti­tu­cio­nes secu­la­res dife­ren­tes. En estos tiem­pos, nos parece en efecto nece­sa­rio que la Igle­sia cató­lica tes­ti­mo­nie por todos los medios su deseo de comu­nión y que ese deseo se encarne en tiem­pos de vida común donde se aprenda a libe­rarse de los pre­jui­cios, a cono­cerse, a que­rerse, a rezar y a tra­ba­jar juntos. Las nece­si­da­des son tantas que es pre­ciso rea­gru­par
las fuer­zas y no mul­ti­pli­car las ini­cia­ti­vas.

Tene­mos pues con­fianza en que los superi­o­res reli­gio­sos como los obis­pos,
per­mi­ti­rán a los miem­bros de su comu­ni­dad y de su clero, cono­cer, si lo desean, la expe­rien­cia de pasar cierto tiempo al ser­vi­cio de los niños pobres en un Punto Cora­zón. Y segu­ra­mente, lo que podrá pare­cer al comienzo un sacri­fi­cio para una con­gre­ga­ción o para una dió­ce­sis, se reve­lará rápi­da­mente como una inmensa fuente de gracia para estas mismas con­gre­ga­cio­nes y dió­ce­sis y para toda la Igle­sia.

El fun­cio­na­miento mate­rial de la Obra

Se soli­ci­tará, si es posi­ble, a los jóve­nes que resi­dan en los Puntos Cora­zón tomar a su cargo los gastos de su viaje. Si dis­po­nen de algún ingreso, podrán tam­bién encar­garse de sus gastos de esta­día; si no, bus­ca­rán «padri­nos» que cada mes, apor­ta­rán una suma que los ayude a vivir. Asi­mismo, estu­dian­tes, boy-scouts, artis­tas, pueden orga­ni­zar acti­vi­da­des a bene­fi­cio de la Obra. De todos modos, las cues­tio­nes finan­cie­ras no deben impe­dir jamás que un joven conozca esta aven­tura de los Puntos Cora­zón y la Aso­cia­ción dará siem­pre una ayuda a las casas que pudie­ran nece­si­tarla o a un Amigo de los niños que esté en difi­cul­ta­des.

Por otra parte, se inten­tará redu­cir al máximo los gastos de ges­tión de la Obra,
recu­rriendo en la mayor medida posi­ble a volun­ta­rios para las tareas admi­nis­tra­ti­vas y «publi­ci­ta­rias», sim­pli­fi­cando al extremo las estruc­tu­ras.

Litur­gia de envío

Poco antes de llegar al lugar al que están des­ti­na­dos, los Amigos de los niños
par­ti­ci­pa­rán en su país de origen de una misa de envío, en el curso de la cual:

• Los asis­ten­tes invo­ca­rán muy par­ti­cu­lar­mente al Espí­ritu Santo para que des­cienda sobre cada uno de los que serán envia­dos.

• Los Amigos de los niños pro­cla­ma­rán:

  • su voluntad de ser verdaderos servidores de Dios frente a los niños que servirán y verdaderos testigos de la Iglesia católica, su Madre;
  • su voluntad de permanecer en una profunda unidad;
  • su voluntad de comprometerse a vivir durante toda su residencia en el Punto
    Corazón en un espíritu de oración, de castidad, de pobreza y de humildad;
  • su adhesión plena y entera a las perspectivas de la Obra.

• El cele­brante les entre­gará un rosa­rio como prueba de la impor­tan­cia de la ora­ción mariana y de la ayuda que la Virgen María con­ce­derá a cada uno de los que serán envia­dos. Sobre la cruz del rosa­rio será gra­bado un cora­zón para recor­dar lo esen­cial del men­saje evan­gé­lico y la misión de cada uno de los Amigos de los niños: «Ser un cora­zón, todo cora­zón, nada más que un cora­zón» (Mau­rice ZUNDEL).

La res­pon­sa­bi­li­dad en los Puntos Cora­zón

Al frente de cada casa, el Fun­da­dor de la Obra o el Pre­si­dente de la Aso­cia­ción
nom­brará un res­pon­sa­ble, pero éste bus­cará tomar deci­sio­nes en forma uná­nime con sus com­pa­ñe­ros. Cada Amigo de los niños podrá hacer, por turno, en el trans­curso del año, la expe­rien­cia de la res­pon­sa­bi­li­dad de la casa.

La Aso­cia­ción Puntos Cora­zón

Se trata de una Aso­cia­ción creada para diri­gir, ayudar y hacer cono­cer la Obra Puntos Cora­zón, dado que ésta, en efecto, no está diri­gida por la Con­gre­ga­ción de los Ser­vi­do­res de Jesús y de María. Consta de miem­bros fun­da­do­res, miem­bros de honor, miem­bros acti­vos y miem­bros adh­e­ren­tes. Existe una Aso­cia­ción Civil en Fran­cia y en la mayo­ría de los países donde están implan­ta­dos los Puntos Cora­zón.

Una obra frágil como la niñez

Tengo infi­nita con­cien­cia de la auda­cia que repre­senta la crea­ción de estos peque­ños refu­gios de amor, de lo frágil que será siem­pre la Obra, ya que está cimen­tada en volun­ta­rios y tendrá una misión deli­cada que cum­plir en situa­cio­nes par­ti­cu­lar­mente difí­ci­les de angus­tia y sufri­miento. Tengo final­mente con­cien­cia de su apa­rente ine­fi­ca­cia a los ojos del mundo y de la ten­ta­ción cons­tante que ten­drán los Amigos de los niños de querer «hacer algo», crear estruc­tu­ras, orga­ni­zar acti­vi­da­des que duren.

Mien­tras la Obra viva fiel­mente a la intui­ción que nos ha sido dada, cami­nará sobre el agua y exi­girá a todos sus res­pon­sa­bles una con­fianza cons­tante. ¿Pero no es ése el lla­mado que Jesús dirige a los hom­bres a lo largo del Evan­ge­lio "¡No teman! (...) El Padre que está en el cielo sabe bien lo que uste­des nece­si­tan. Bus­quen pri­mero el Reino y su jus­ti­cia, y todo lo demás se les dará por aña­di­dura. No se inquie­ten por el día de mañana; el mañana se
inquie­tará por sí mismo. A cada día le basta su aflic­ción."
(Mt. 6, 32-34)? ¿No es la con­di­ción –un aban­dono total- para que una obra como ésta sea real­mente pro­fé­tica?


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