• 23 de octubre de 1991
es

Compasión: palabra que quema y embriaga (1991)

Gauguin, Cristo en Getsemani.
Misa de envío, Ourscamp, 26 de octubre de 1991

Queridos Amigos de los niños,
Amados hermanos y hermanas,

Ciertos rostros en la Iglesia, ciertas órdenes religiosas están indefectiblemente atadas a determinadas palabras, a determinados misterios, a determinadas virtudes. Quien dice san Francisco de Sales, por ejemplo, dice dulzura; quien dice Franciscanos, dice pobreza; quien dice san Maximiliano Kolbe, dice la Inmaculada. Me encantaría que nuestra Obra, por modesta que sea, por donde pase, por donde se la recuerde, evoque ella también una palabra: COMPASIÓN. Es, en efecto, la compasión que la inspira, es la compasión -y especialmente la compasión por los niños- que la ordena, es la compasión quien le da su fin.

Queridos Amigos de los niños, en unos días o en unas semanas irán a misionar en un Punto Corazón. ¿Por qué? Por compasión. Irán a vivir en comunidad. ¿Por qué? Por compasión. Irán a pasar largas horas de oración. ¿Por qué? Por compasión. Elegirán una vida simple, abierta a los otros, dependiendo de la Carta que les ofrecemos. ¿Por qué? Por compasión. Me gustaría que esta palabra bastante inusitada en nuestro tiempo embriague su inteligencia, haga arder sus corazones, les dé una fuerza que nada pueda detener. Me gustaría que esa sola palabra haga nacer una inmensa familia de la que ustedes sean los embajadores cerca de todos los pobres y los niños que sufren.

Este movimiento los inspira a dar algo de sus vidas -a dar sus vidas-, a dar mucho -a darlo todo- dejar para partir, es propiamente el movimiento de la Encarnación y de la Pasión del Señor. Si hay quienes, en efecto, son consumidos por el fuego de la compasión, son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y lo son porque, así como Dios es el primero en amar, Él es, en cierto sentido, el primero en sufrir, Él es la primera víctima: «Dios que está en el origen de toda ternura, escribe Maurice Zundel, es aquejado por todos los dolores humanos, y todas las veces que la vida humana sufre, hay una herida en la ternura de Dios. Dios es solidario con el hombre.»

Y más: «La verdad es, que Él es la primera víctima, Él es el primero en sobrellevar todos nuestros dolores, en sufrir todas nuestras agonías, en vivir todas nuestras muertes. Y si sufrimos, no es su culpa. Él está desgarrado por nuestros sufrimientos, y si no nos libra de ellos, es porque es imposible. Todo lo que está fuera del amor lo conduce al suplicio de la cruz, no físicamente, pero a la cruz de una tal agonía que no podemos siquiera imaginar.»

Y finalmente, siempre del mismo autor: «Nadie como Dios es capaz de comprendernos; nadie como Dios lleva nuestras agonías, es crucificado por nuestra muerte; nadie como Dios es humillado por nuestros pecados; nadie como Dios tiene sed de nuestra felicidad.»

Es decir, es Él -Dios- el primer Amigo de los niños, es Él el primero en dejar su morada para ir a vivir en un inmenso Punto Corazón y manifestar su compasión hasta vivir una agonía de amor que abraza a todos los hombres de todos los tiempos.

El primer elemento constitutivo de los Puntos Corazón, es la ORACIÓN. Esto puede sorprender. Pero en nuestra cabeza, no hay nada más lógico. Porque una sola pasión y compasión son verdaderamente redentoras, es la Pasión y la compasión de Dios. Y todos nuestros intentos de amor, todos nuestros esfuerzos de amor no pueden ser fecundos si no están integrados en la Pasión y la compasión de Cristo. Más radicalmente: nuestro corazón no puede arder verdaderamente si no está en contacto con ese crisol que es el corazón de Cristo, si no comulga con él en el gesto extraordinario de la manducación.

Lo saben bien: no es repitiéndose: «¡Debo amar! ¡Debo amar! ¡Debo amar!» o: «¡Tengo que soportarlos!», que amarán a todos los compañeros de Puntos Corazón que Dios les dará durante su experiencia, que amarán a todos los pequeños que, en sus ventanas, corren el riesgo quizás de gritar día y noche. Consolarán si reciben el espíritu de consolación, alegrarán si reciben el espíritu de la alegría, apaciguarán si reciben el espíritu de paz. Y solo recibirán todo esto si cada mañana se ponen de rodillas, con los brazos extendidos hacia el Señor para recibir un corazón nuevo, un corazón del cielo.

También se comprometerán a llevar una VIDA COMUNITARIA. Se comprometerán a perdonar, a jamás hacer murmuraciones los unos de los otros, a alentarse, a sostenerse. Aun allí, es el movimiento normal. Toda compasión debe de antemano estar atenta al prójimo, al más próximo; yo diría atenta a sí mismo. Sino, ¡corre el riesgo de ser una fanfarronería! ¡Abrazando mil niños en el día, dejándolos saltar en nuestros brazos sin cesar, nos creeríamos enseguida san Vicente de Paul o Madre Teresa! La comunidad está aquí para volvernos más realistas: ¿cómo va mi capacidad de perdonar? ¿cómo mi capacidad de servicio? ¿No creo demasiado rápido que soy yo siempre el que lava la vajilla, el que da siempre el primer paso?

Y esta vida comunitaria que queremos que sea familiar, simple, disponible, debemos amarla por sobre todo, y consagrarle lo mejor que tenemos. Muy fácilmente correremos el riesgo de fugarnos de ella, de escaparnos con la imaginación o yendo al mercado con los niños del slum. Hay que abrazarla, hay que instalarla en el centro del corazón, amarla desde dentro, conquistarla a brazo partido. Y si, cuando a su regreso, a mi pregunta: «¿Qué has aprendido en Bangkok?», me responden: «He aprendido a amar a los que vivían en el mismo Punto Corazón que yo», estaré feliz pues sabré al mismo tiempo que su amor por Dios habrá crecido, y que el afecto por los niños no habrá sido mentiroso.

Y además, se comprometerán a llevar una vida pobre, una VIDA CASTA, una VIDA DE FIDELIDAD al Evangelio y a la Carta de la Obra. No es una adquisición, es un combate de cada día. No es simple sugestión de mi parte, es una necesidad de amor. ¿Por qué? Porque su presencia en un Punto Corazón no sólo incita a una acción de su parte, a gestos, a palabras gentiles y lindas sonrisas, sino a un compromiso de todo el ser. Porque Puntos Corazón es una Obra de amor, creada para el amor y por el Amor. Y el amor comprende todo, toma todo, no es verdadero si no se identifica, si no se dona totalmente, si no se encarna. En otras palabras, amar a los pobres es de antemano elegir vivir pobre; amar a los excluidos es de antemano descender con ellos en el fango; para amar a los niños de la calle es necesario encontrarse con ellos en la calle.

Me acuerdo de los niños de Bucaramanga que me preguntaban porqué yo estaba en su villa miseria. Les respondí: «¡Porque los amo! - ¿Y cómo nos lo pruebas?» -, preguntaban enseguida. «Viniendo a estar con ustedes». Y ahí andaban en las calles de la villa buscándome un rancho. ¡Ésa es la pobreza! Amar a los pobres consiste en tener para ellos un amor que nada restrinja, que nada corte: ni el tiempo, ni mil preocupaciones; un amor universal. Y hete aquí su compromiso con la castidad. Amar a los pobres consiste en vivir fiel a la Palabra de Dios, a las Bienaventuranzas, al mandamiento del amor. Y he aquí su compromiso de obediencia respecto de la Palabra del Señor.

Una palabra, entonces: compasión que, poco a poco, ordenará su vida personal, su vida comunitaria, que los entrenará desde el comienzo y justificará su compromiso de hoy. Dios ha elegido para ustedes una espléndida aventura. Y si hoy tienen la impresión de dejar mucho, pronto tendrán la impresión de recibir más todavía. Y el desgarro de hoy no es nada en comparación con aquel que sentirán dentro de un año cuando tendrán que dejar todos esos pequeños rostros risueños que los están esperando. Felizmente la compasión de allá se vive también entre nosotros. Y si parten tan lejos, ¿no es después de todo, para descubrir mejor la miseria, más de cerca?

¡Ah! ¡Esta palabra COMPASIÓN que vuelve a la Iglesia bella como María: qué tesoro!

Padre Thierry de Roucy

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