• 23 de septiembre de 2006
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¡Dieciséis años de edad! (2006)

Raúl, un joven del grupo de confirmación de las hermanas, Guayabo 2008
Editorial de Padre Thierry de Roucy - De un Punto Corazón al otro Nº54 – Septiembre 2006

Antes de que apa­rez­can todos los frutos de una vida o toda la pro­fun­di­dad de una Obra, es nece­sa­rio espe­rar el fin de largos invier­nos. Y aun cuando regresa el sol y los días de luz, no se trata de pre­ci­pi­tar el tiempo de la cose­cha o de urgir la hora del dis­curso. Pri­me­ra­mente es nece­sa­rio vivir, callarse, apren­der a sufrir y a ser... Los auto­res espi­ri­tua­les de India dicen que son nece­sa­rios doce años de vida escon­dida. Yo creo que es verdad.

"Dejen pasar doce años antes de hablar de vues­tra vida aquí, antes de for­mu­lar una apre­cia­ción sobre lo que sea. Lo que habrá madu­rado en uste­des, lo que habrá echado raíces en vues­tra vida, a todo nivel os per­te­ne­cerá. Eso y sólo eso. Todo lo que escu­chan ha sido dicho miles de veces durante miles de años, y de mane­ras bien dife­ren­tes, pero ¿quién está aquí para escu­charlo, para com­pren­derlo, para vivirlo? La espi­ri­tua­li­dad viva de la India está hecha de la suma de expe­rien­cias de aque­llos que nos han pre­ce­dido. ¿Con qué dere­cho reco­ger el fruto del sacri­fi­cio de otro antes de pagar el precio nece­sa­rio?...
Recuér­dense que vues­tra com­pren­sión de la vida pro­gresa con la misma len­ti­tud de una carreta. El hombre impa­ciente corre, ávido de con­quista. Ahora bien, si nues­tra mente tiene alas para pla­near por encima de la difi­cul­ta­des, nues­tros pies pisan nues­tra Madre Tierra, la labran y tro­pie­zan muchas veces contra las raíces y las pie­dras. Y des­pués viene el tiempo de la siem­bra. Nues­tros pies danzan de ale­gría, y esta ale­gría espon­tá­nea es la hija de nues­tra alma. No olvi­den que las ver­da­de­ras cosas de la vida son mol­dea­das según un ritmo cíclico muy lento, com­pa­ra­ble al ritmo regu­lar de las esta­cio­nes y de las estre­llas. Este tra­bajo en pro­fun­di­dad se rea­liza en la penum­bra, sin ruido." [1]

En Puntos Cora­zón, desde hace poco, doce años pasa­ron y nos han ense­ñado a des­cu­brir la vida en los barrios pobres, a escu­char el sufri­miento de las cár­ce­les y de los hos­pi­ta­les, de los orfa­na­tos y de los basu­re­ros. Hemos sido afec­ta­dos vio­len­ta­mente por la deca­den­cia humana que hemos des­cu­bierto y cho­ca­dos por tantas exis­ten­cias dra­má­ti­ca­mente redu­ci­das a nada, hemos sido mara­vi­lla­dos por tantos actos de huma­ni­dad de un increí­ble valor y rege­ne­ra­dos por son­ri­sas veni­das de otro mundo. En sus cartas, los Amigos de los niños, mes tras mes, han sabido contar a sus padri­nos, de manera espon­tá­nea, lo que han visto, escu­chado, tocado... En nues­tra revista, de igual manera hemos inten­tado dar cuenta de nues­tra misión como de la espi­ri­tua­li­dad que la ins­pira, porque somos cons­cien­tes que tanto una como la otra son un don para todos.

Desde aquel primer día doce años pasa­ron... E incluso die­ci­séis... Años que muchas veces nos sor­pren­die­ron, que nos for­ma­ron en pro­fun­di­dad, que nos labra­ron vio­len­ta­mente... años que nos pare­cie­ron largos –cada minuto de agonía, cada ins­tante cerca de la cruz dura horas-, años increí­ble­mente densos, años car­ga­dos de emo­cio­nes, de encuen­tros y de medi­ta­ción... Años que mode­la­ron nues­tro cora­zón, cam­bia­ron nues­tra mirada, for­ma­ron nues­tro juicio... Hemos des­cen­dido en los bajos fondos del sufri­miento de nues­tros amigos –un sufri­miento tal que nos pare­cía impen­sa­ble poder sopor­tarlo sin morir-... hemos expe­ri­men­tado una gra­ti­tud y una ter­nura que no han cesado de hablar­nos del Cielo... hemos vuelto a hacer nues­tros estu­dios al con­tacto con per­so­nas de una pre­sen­cia increí­ble... Esos luga­res han sido nues­tras biblio­te­cas y nues­tras uni­ver­si­da­des... esos niños y esos ancia­nos, esos para­lí­ti­cos y esos men­di­gos nues­tros maes­tros... Sin embargo esta­mos lejos de ser doc­to­res, pero tene­mos con­cien­cia de poseer una mirada nueva sobre la rea­li­dad, una mirada que nos ha sido ofre­cida; una mirada mol­deada por la mirada de nues­tros amigos, una mirada mas cató­lica...

Es evi­dente que nues­tra revista tiene la misión de tes­ti­mo­niar este camino reco­rrido, de tras­mi­tir esta nueva vida que nos ha sido comu­ni­cada, de com­par­tir esta visión del cora­zón y de la inte­li­gen­cia reci­bida de parte de per­so­nas a menudo anal­fa­be­tas y sin embargo llenas de una sabi­du­ría impreg­nada de una cari­dad y de una cla­ri­vi­den­cia ini­gua­la­ble. Es por ello que desde hace poco –tal vez se dieron cuenta- ella tiene un nuevo rostro y nuevas rúbri­cas. Si hasta ahora abor­dá­ba­mos sobre todo cues­tio­nes en rela­ción a la espi­ri­tua­li­dad de la Obra y a las expe­rien­cias que viven los Puntos Cora­zón y los Amigos de los niños, en lo suce­sivo se abor­dará tam­bién la manera en la cual la com­pa­sión cris­tiana puede ser vivida y encar­nada en los dife­ren­tes aspec­tos de la acti­vi­dad humana y el modo en que la vida en María, Madre de com­pa­sión, puede ayu­dar­nos a emitir un juicio sobre los acon­te­ci­mien­tos de la socie­dad. Algu­nos dirán tal vez «¡Pun­tos Cora­zón no es más Puntos Cora­zón!» Yo diría más bien: «¡Pun­tos Cora­zón es más Puntos Cora­zón!», como el niño Pedro, ado­les­cente o adulto, es en verdad más Pedro que el bebé Pedro. La Obra es más Puntos Cora­zón porque su arraigo en los barrios es cada día un poco más pro­fundo, su com­pro­miso con nues­tros amigos más real, su pro­xi­mi­dad a la Cruz y al Cru­ci­fi­cado más intensa. Es por ello que la expan­sión de la misión no es una huida, sino el signo mismo de una madu­rez, el signo de que es tenida en cuenta la uni­ver­sa­li­dad de la sal­va­ción («¡Que todos se salven!») y de la mater­ni­dad de la Virgen María que no cesa de abrir­nos los ojos a las nece­si­da­des de los hom­bres: «¡Miren éstos, no tienen quién les acom­pañe! ¡Vean aque­llos, per­die­ron el sen­tido de todo! Recen al Señor de las bodas... ¡Acér­quense a cada uno!» Dicho de otro modo, más las raíces se hunden, más el haz de luz va lejos y en pro­fun­di­dad...

Si lo desean pueden con mucha bene­vo­len­cia, acep­tar estas pala­bras, estas imá­ge­nes, estas refle­xio­nes, es para noso­tros una gran ale­gría el poder ofre­cér­se­las para expre­sar­les nues­tro reco­no­ci­miento, uste­des que en un momento dado, o tal vez sin fati­garse desde el prin­ci­pio, se han
inte­re­sado en nues­tra misión.


Notas

[1Lizelle Reymond y Shrî Anirvan, La vie dans la vie (La vida en la vida), Ed. Mont-Blanc, Ginebra, 1969, pp. 11-12.

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