• 23 de enero de 2009
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El misterio de Alfredo

Alfredo vivía en el abandono total, en la miseria misma, y en una soledad que el solo podía entender. Venía todos los lunes a afeitarse, a tomar su té, a compartir con nosotros toda la mañana. Después de un tiempo lo vimos más cansado y enfermo. Llevarlo al hospital fue toda una odisea porque tuvimos que sacar sus documentos y también lograr que se bañe, lo que no le gustaba mucho… Un día, teníamos una cita con el médico pero Alfredo nunca vino. Durante unos días fuimos a su casa varias veces sin encontrarlo, hasta que fuimos con la policía para forzar la puerta y lo encontramos muerto. Fue muy doloroso para nosotros porque era nuestro amigo, y todo lo que humanamente habíamos intentado para ayudarlo no había funcionado. Sentíamos una impotencia tan grande que hasta renegábamos contra Dios: ¿Por qué tanto sufrimiento?

No entendíamos nada pero misteriosamente Dios nos conducía. Teníamos tres días para juntar 1200 soles para que Alfredo tenga un entierro digno, sino iría en la fosa común. Buscamos otras soluciones, con su familia, con la parroquia… pero Dios no quería las cosas como nosotros lo pensábamos. El martes había que retirar el cuerpo y el lunes por la noche no teníamos nada… Pero Dios no nos abandonó. A través de una amiga, El nos consiguió un cementerio por 650 soles. Nos levantó la esperanza. Nos quedaba medio día para juntar la plata. Fuimos a pedir a la gente del barrio y vendimos chocolate suizo que tenía Michael. Íbamos contra reloj, pero Dios nos conducía y así pudimos ofrecer un entierro digno a nuestro amigo. Es muy grande el misterio que Dios nos brinda cada día, porque cuanto más abandonados y discapacitados nos sentimos por nuestra impotencia, más Dios nos ayuda.

Estos últimos tiempos, me reprochaba no haber compartido más tiempo con Alfredo, pero estos últimos tres días fueron los días más lindos que compartí con él, lo tuve presente en cada persona que nos ayudó con dinero, en señora Agueda que nos acompañó al cementerio, en la oración de todos los que rezaron por él, y en mi comunidad que se entregó por completo para él.

Hoy extraño mucho a Alfredo, falta ese amigo que venía los lunes a afeitarse, que nos apagaba la luz para ahorrar, que teníamos que luchar para que se bañe, que era muy renegón y me hacía enojar mucho, que contaba sus historias de juventud… Pero ahora descansa en paz y desde su lugar está cuidando a cada misionero que pasó por el Punto-Corazón. Y también debe estar apagando todas las luces del Cielo para ahorrar. ¡Pobre San Pedro que le abrió las puertas!

Rino

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