• 12 de noviembre de 2008
es

Testimonio de Juan Manuel

Juan Manuel tiene 26 años, es argentino, y vive en el Punto Corazón de la Ensenada, Puente Piedra, desde marzo de 2008

El rostro de la paciencia salió a mi encuentro me tomó de la mano, me estremeció tanto que no tuve otra reacción que llorar...me miró, me regaló su sonrisa y me consoló ¿No era yo el que venía a Perú a Consolar?

En esto seis meses creo que quise solucionar todos los problemas de La Ensenada y lo único que logre es desesperar...

Una mañana desperté intranquilo, creo que hasta desesperado. Mis mañanas suelen ser alegres, esta vez no. Como todas las mañanas rezamos Laudes. Me gusta mucho, cantar los salmos, aunque no me salga nada bien. Pero en esta mañana no podía abrir la boca sabía que si empezaba a cantar inevitablemente lloraría...

Desayuné casi en silencio (cosa que no es común en mi) miraba a mi comunidad sentada en la mesa, sonrientes, alegres misioneros y me irritaba, decía dentro de mí; hay mucho por hacer, gente enferma, mujeres golpeadas, niños abusados, gente sola en sus casas clamando su dolor, gente que espera nuestra visita, nuestra ayuda. ¡Qué hacemos aquí sentados! Las necesidades en La Ensenada son muchas, me desesperé y me dije ¡¡¿qué hago acá sentado? ¿¡A que vine?! La impaciencia y mi orgullo se apoderaron de mí.

Luego de desayunar, entre a la capilla para mi hora de adoración pero seguía impaciente. Un rostro concreto de este barrió tenia grabado en mi mente. Necesitaba “Yo” dar soluciones a este rostro que sufría.
Después de diez minutos mi impaciencia no podía más me levanté y salí. Creo que me sentí Superman, sin serlo.

Casi corriendo, sin mirar a nadie llegué como desesperado a su casa golpeé despacio y dije: Abuela; Juan Manuel ¿paso? No escuché nada, solo silencio, tenía ganas de entrar como dueño de casa, me aguanté y dije nuevamente: Abuela, soy Juan Manuel. Después de unos segundos escuche su vos ronca: ¿Qui-en? Contesté impaciente: Juan Manuel, abuela. Desaté el frágil nudo de la puerta y entré. Tenía una cara como de asustada antes de llegar a los pies de su cama dije nuevamente: Abuela soy Juan Manuel ¿cómo está? Su rostro seguía inmóvil como preocupada, acercándome de a poco a sus ojos casi ciegos dije: ¡Abuela Rosa, Punto Corazón! Allí estalló su emoción, su sonrisa floreció, su rostro se iluminó, Ella conoce muy bien a Punto Corazón. No conoce ningún Juan Manuel conoce un todo. Sabe bien sobre nuestra misión conoció y educó con su dulce mirada y su vida a mucho misioneros que pasaron por esta casa, como yo.

Tendió su brazo como para alcanzarme, tomé su mano áspera y arrugada y besé su frente. Allí estaba con ella, mi amiga la abuela Rosa. En el mismo instante que sonreía extendió su otra brazo muy lentamente y percibí que su mano quedo en el aire como esperando que alguien la tome y le bese su frente también. Arrugó el seño y dijo: ¿solo? Le conteste como avergonzado: Si abuela, vine solo. Su cara entró en dudas y dijo: ¿Por qué? Ella sabe y entiende que siempre salimos de a dos a visitar a la gente, el que no entendió eso hasta ese día era yo.


Volver