• 24 de diciembre de 2015
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La Ensenada: nuestra querida Amelia regresa a la casa del Padre

El pasado mes de noviem­bre falle­ció Ame­lita, nues­tra que­rida amiga, que con su sen­ci­llez ha mar­cado la misión de los misio­ne­ros de la Ense­nada.
Les com­par­ti­mos algu­nos tes­ti­mo­nios sobre ella, extra­í­dos de las cartas a los padri­nos:

"Amelia es nues­tra amiga. Esta mujer tiene más de sesenta años, cojea del pie izquierdo y así la reco­no­ce­mos de lejos. Vive en un tugu­rio tan humilde que su ver­da­dera casa es la calle. Es dife­rente del común de la gente, podría­mos lla­marla “la loca Dios”, “un pro­feta del barrio”. Como muchos mar­gi­na­les, es amiga del Punto Cora­zón. Amelia conoce a todos, las coci­ne­ras le ofre­cen algo de comer en la calle. A veces, como ayer, se invita a comer en nues­tra casa. ¡Qué ale­gría ver en nues­tra mesa “el lugar del pobre” ocu­pado!
Sufre de un cáncer en el pecho que está tra­tando con la ayuda de una amiga que la acom­paña al hos­pi­tal, tene­mos miedo de que esté muy avan­zado. Pasea siem­pre con una bolsa de plás­tico en donde lleva bote­llas de vidrio que vende al reci­claje. Gana unos cen­ta­vos de eso. Tam­bién toma unas frutas o ver­du­ras que sus amigas del mer­cado le ofre­cen.
Así es su vida. De charla en charla se deja guiar por el Espí­ritu Santo, como dice ella. Es muy dis­tinta de los demás, sin embargo es libre, dice cosas sen­sa­tas y a veces cosas que no lo son tanto… Pero no le importa la mirada de los otros. Es «natu­ral­mente Amelia» y es eso que le da su belleza.«(Gui­llermo d’A.)»Ame­lita habla, habla, habla,... de la moda, de las can­cio­nes que más le gustan, de sus comi­dad y rece­tas pre­fe­ri­das y de su gatito. ¡Qué duro es a veces escu­char a Ame­lita con aten­ción!
Ame­lita viene muy a menudo al Punto Cora­zón, ¡tiene tanta sed que la escu­che­mos, de un cora­zón antento y paciente! Y yo creo que Ame­lita viene dema­siado seguido a la casa. Como esa mañana que Ame­lita tocó a la puerta tres veces: la pri­mera vez durante el desa­yuno, ella com­par­tió un te con noso­tros y se fue. Una segunda vez cuando yo estaba lavando mi ropa. De pie, Ame­lita habla, habla, habla,... de la moda, de... (ya saben de qué). Como estoy en pleno sol, me moja la cabeza para evitar que me aga­rrre una inso­la­ción.
Con­tra­riada de no poder escu­char mi música tran­qui­la­mente, sólo veo en ese gesto el resul­tado: estoy empa­pada y no todo el amor y la ter­nura con la que me vació el vaso en mi cabeza. Una vez que he ter­mi­nado de lavar, Ame­lita se va.
Una ter­cera vez Ame­lita golpea a la puerta. Ya eno­jada antes mismo de abrir, reco­nozco su silueta atrás de la puerta. Abro y veo a Ame­lita con una bote­lla de gaseosa en sus brazos. Con una gran son­risa me la da: «Toma, Coti­cita (es así como me llama). Es para uste­des, com­par­tánla durante el almuerzo. Uste­des son mis amigos y me acogen tan gen­til­mente cada vez». Tengo ver­gueza de mi.
Tres veces Ame­lita golpeó la puerta y yo le abrí. Las dos pri­me­ras veces mi cora­zón se hizo el sordo, la ter­cera com­prendí. Lo que Ame­lita viene a men­di­gar no es ni el té, ni el pan, es una pre­sen­cia y un cora­zón que ama. ¡Tuve nece­si­dad de esas tres «pro­vo­ca­cio­nes» para com­pren­derlo! (Clo­tilde A.)

Es en la acción de gra­cias por haberla encon­trado en nues­tro cami­nar que que­re­mos rezar por ella, para que Dios la tenga en su Gloria.


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