• 4 de mayo de 2013
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Hay que salir a experimentar nuestra unción, su poder y eficacia redentora.

S.S. Papa Francisco en la Misa Crismal

Todos los bau­ti­za­dos hemos reci­bido una unción que, si no es minis­te­rial, hace de noso­tros un pueblo sacer­do­tal. En estas pala­bras del Santo Padre a los sacer­do­tes en la Misa Cris­mal, pode­mos reco­no­cer nues­tra misión de llevar a Cristo en todos los luga­res:

“El óleo pre­cioso que unge la cabeza de Aarón no se queda per­fu­mando su per­sona sino que se derrama y alcanza «las peri­fe­rias». El Señor lo dirá cla­ra­mente: su unción es para los pobres, para los cau­ti­vos, para los enfer­mos, para los que están tris­tes y solos. La unción, que­ri­dos her­ma­nos, no es para per­fu­mar­nos a noso­tros mismos, ni mucho menos para que la guar­de­mos en un frasco, ya que se pon­dría rancio el aceite... y amargo el cora­zón”.

“Cuando esta­mos en esta rela­ción con Dios y con su Pueblo, y la gracia pasa a través de noso­tros, somos sacer­do­tes, media­do­res entre Dios y los hom­bres. Lo que quiero seña­lar es que siem­pre tene­mos que rea­vi­var la gracia e intuir en toda peti­ción, a veces ino­por­tu­nas, a veces pura­mente mate­ria­les, incluso bana­les – pero lo son sólo en apa­rien­cia – el deseo de nues­tra gente de ser ungi­dos con el óleo per­fu­mado, porque sabe que lo tene­mos.”

“Así hay que salir a expe­ri­men­tar nues­tra unción, su poder y su efi­ca­cia reden­tora: en las «peri­fe­rias» donde hay sufri­miento, hay sangre derra­mada, ceguera que desea ver, donde hay cau­ti­vos de tantos malos patro­nes. No es pre­ci­sa­mente en auto expe­rien­cias ni en intros­pec­cio­nes rei­te­ra­das que vamos a encon­trar al Señor: los cursos de auto­a­yuda en la vida pueden ser útiles, pero vivir nues­tra vida /…/ pasando de un curso a otro, de método en método, lleva /…/ a mini­mi­zar el poder de la gracia que se activa y crece en la medida en que sali­mos con fe a darnos y a dar el Evan­ge­lio a los demás; a dar la poca unción que ten­ga­mos a los que no tienen nada de nada.”

Santo Padre Fran­cisco, homi­lía para la Misa Cris­mal, Jueves Santo 28 de marzo de 2013.


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