• 29 de agosto de 2013
es

La Iglesia según el corazón del Papa Francisco.

por P. Paul Anel.

Una cosa es cierta, no pode­­­mos culpar al Papa Fra­­n­­­cisco de no tener el sen­­­tido de la rea­­­li­­­dad, o de igno­­­rar las debi­­­li­­­da­­­des de su Igle­­­sia. Esto quedó de mani­­­fiesto cla­­­ra­­­mente durante los últi­­­mos días durante su viaje apo­­s­­­tó­­­lico a Brasil, y en par­­­ti­­­cu­­­lar en su dis­­­curso a los obi­­s­­­pos bra­­­si­­­le­­­ños. En res­­­puesta a la pro­­­funda inquie­­­tud de la Igle­­­sia Cató­­­lica bra­­­si­­­leña, quien desde algu­­­nos años ha visto el número de sus fieles dis­­­mi­­­nuir de manera dra­­­má­­­tica, el Papa Fra­­n­­­cisco medita sobre el Eva­­n­­­ge­­­lio de los dis­­­cí­­­pu­­­los de Emaús y refle­­­xiona sobre las causas de estas dese­­r­­­cio­­­nes y la dece­­p­­­ción que ori­­­gi­­­nan.

“Tal vez la Igle­­­sia se ha mos­­­trado dema­­­siado débil, dema­­­siado lejana de sus nece­­­si­­­da­­­des, dema­­­siado pobre para res­­­po­­n­­­der a sus inquie­­­tu­­­des, dema­­­siado fría para con ellos, dema­­­siado auto­­­rre­­­fe­­­re­­n­­­cial, pri­­­sio­­­nera de su propio len­­­guaje rígido; tal vez el mundo parece haber con­­­ve­­r­­­tido a la Igle­­­sia en una reli­­­quia del pasado, insu­­­fi­­­ciente para las nuevas cue­­s­­­tio­­­nes; quizás la Igle­­­sia tenía res­­­pue­­s­­­tas para la infa­­n­­­cia del hombre, pero no para su edad adulta«. Si el Papa Fra­­n­­­cisco invita a los obi­­s­­­pos, si él nos invita a todos a escu­­­char estas crí­­­ti­­­cas «con coraje», no es por gusto a la auto­­­fla­­­ge­­­la­­­ción, sino porque las razo­­­nes de estas dese­­r­­­cio­­­nes »con­­­tie­­­nen en sí mismas tam­­­bién las razo­­­nes de un posi­­­ble regreso". En cuanto aque­­­llas expre­­­san los anh­­­e­­­los más pro­­­fu­­n­­­dos del cora­­­zón humano –anh­­­e­­­los de res­­­pue­­s­­­tas, de luz y de ter­­­nura-, estas crí­­­ti­­­cas nos instan a reco­­­no­­­cer y mos­­­trar el ver­­­da­­­dero rostro de la Igle­­­sia.

Ese rostro, es el rostro de María, a quien el Papa Fra­­n­­­cisco ha hecho refe­­­re­­n­­­cia nume­­­ro­­­sas veces, espe­­­cia­­l­­­mente durante su visita al san­­­tua­­­rio mariano de Apa­­­re­­­cida. En María «con­­­ce­­­bida sin pecado ori­­­gi­­­nal» se «refleja» la belleza de Dios. La belleza de María, que reside en la per­­­fe­­c­­­ción de su vida de fe, de espe­­­ranza y de amor, es el fun­­­da­­­mento y la clave de la ecle­­­sio­­­lo­­­gía desa­­­rro­­­llada por Papa Fra­­n­­­cisco durante su viaje. Haciendo hin­­­ca­­­pié en que «María es más impo­­r­­­tante que los obi­­s­­­pos», el Papa no hace una con­­­ce­­­sión a los pri­­n­­­ci­­­pios de rei­­­vi­­n­­­di­­­ca­­­cio­­­nes femi­­­ni­­s­­­tas, sino más bien él afirma una pre­­­misa fun­­­da­­­me­­n­­­tal de la ecle­­­sio­­­lo­­­gía cató­­­lica, en virtud de la cual el primer aspecto en la Igle­­­sia no es la dime­­n­­­sión ins­­­ti­­­tu­­­cio­­­nal, sino la dime­­n­­­sión mariana. La Igle­­­sia se define pri­­n­­­ci­­­pa­­l­­­mente como «Esposa, madre, ser­­­vi­­­dora». Al ale­­­jarse de esta voca­­­ción pri­­­mera, la Igle­­­sia «cae en el fun­­­cio­­­na­­­lismo, [...] y ter­­­mina siendo admi­­­ni­­s­­­tra­­­dora» dejando de ser una esposa y lle­­­gando a ser esté­­­ril, inca­­­paz de enge­­n­­­drar. A la luz de las ense­­­ña­­n­­­zas del Papa Fra­­n­­­cisco y siguiendo su ya famoso método de los «tres puntos», ade­­n­­­tré­­­mo­­­nos en el sen­­­tido de lo que sig­­­ni­­­fica e implica con­­­cre­­­ta­­­mente esta triple misión de la Igle­­­sia, lla­­­mada a ser ser­­­vi­­­dora, madre y esposa.

La Igle­­­sia es ser­­­vi­­­dora, o dicho de otro modo, y con la pala­­­bra que puntúa todo el dis­­­curso del Papa durante su viaje, que ella es «misio­­­nera». Es bello ver que para el Papa la misión no es un capí­­­tulo opcio­­­nal de la vida cri­­s­­­tiana, o un «aña­­­dido» al que acce­­­den los que ya han alca­­n­­­zado una madu­­­rez espi­­­ri­­­tual sufi­­­ciente. Al con­­­tra­­­rio, se ins­­­cribe como fun­­­da­­­mento de la ide­­n­­­ti­­­dad cri­­s­­­tiana, y funda el ser mismo de la Igle­­­sia. El cri­­s­­­tiano, nos dice el Papa, es un «des­­­ce­­n­­­trado» – y jugando con las pala­­­bras, podría­­­mos decir: un excé­­n­­­trico. «El centro es Jesu­­­cristo, que nos llama y envía. El dis­­­cí­­­pulo esta enviado a las peri­­­fe­­­rias exi­­s­­­te­­n­­­cia­­­les.»

Esta imagen de la peri­­­fe­­­ria, tan que­­­rida por el Papa Fra­­n­­­cisco, nos recuerda que su pri­­n­­­ci­­­pal preo­­­cu­­­pa­­­ción, en cuanto pastor uni­­­ve­­r­­­sal, es la oveja per­­­dida, fuera del rebaño. Y su deseo más urgente es lle­­­va­­r­­­nos a com­­­pa­­r­­­tir su preo­­­cu­­­pa­­­ción, para que nue­­s­­­tros cora­­­zo­­­nes con­­­mo­­­vi­­­dos al uní­­­sono con el suyo se tornen natu­­­ra­­l­­­mente y pro­­n­­­ta­­­mente hacia los que sufren. Es con un pro­­­fundo dolor que con­­s­­­ta­­n­­­te­­­mente vuelve al sufri­­­miento de nue­­s­­­tros con­­­te­­m­­­po­­­rá­­­neos: «La pér­­­dida del sen­­­tido de la vida, la desi­­n­­­te­­­gra­­­ción per­­­so­­­nal, la pér­­­dida de la expe­­­rie­­n­­­cia de per­­­te­­­ne­­­cer a un “nido”, la vio­­­le­­n­­­cia sutil pero impla­­­ca­­­ble, la rup­­­tura interna y la fra­­c­­­tura en las fami­­­lias, la sole­­­dad y el aba­­n­­­dono, las divi­­­sio­­­nes y la inca­­­pa­­­ci­­­dad de amar, de per­­­do­­­nar, de com­­­pre­­n­­­der, el veneno inte­­­rior que hace la vida un infierno, la nece­­­si­­­dad de ter­­­nura porque uno se siente tan inca­­­paz e infe­­­liz, los inte­­n­­­tos falli­­­dos de enco­­n­­­trar res­­­pue­­s­­­tas en la droga, en el alcohol, en el sexo se con­­­vi­­r­­­tie­­­ron en nuevas cár­­­ce­­­les...». Y con­­­cluye: «La sen­­­sa­­­ción de aba­­n­­­dono y de sole­­­dad, de no per­­­te­­­ne­­­cerse ni siquiera a sí mismos, que emerge a menudo en esta situa­­­ción es dema­­­siado dolo­­­rosa para aca­­­llarla.»

La Igle­­­sia ha de enfre­­n­­­tarse con­­s­­­ta­­n­­­te­­­mente a este sufri­­­miento que toca a nue­­s­­­tras pue­­r­­­tas con ros­­­tros muy con­­­cre­­­tos. «Hoy en día, hace falta una Igle­­­sia capaz de aco­­m­­­pa­­­ñar, de ir más allá del mero escu­­­char; una Igle­­­sia que aco­­m­­­pañe en el camino ponié­­n­­­dose en marcha con la gente; una Igle­­­sia que pueda des­­­ci­­­frar esa noche que entraña la fuga de Jeru­­­sa­­­lén de tantos her­­­ma­­­nos y her­­­ma­­­nas... Qui­­­siera que hoy nos pre­­­gu­­n­­­tá­­­ra­­­mos todos: ¿Somos aún una Igle­­­sia capaz de infla­­­mar el cora­­­zón? ¿Una Igle­­­sia que pueda hacer volver a Jeru­­­sa­­­lén? ¿De aco­­m­­­pa­­­ñar a casa?»

La Igle­­­sia es Madre. “Qui­­­siera reco­­r­­­dar que “pa­­s­­­to­­­ral” no es otra cosa que el eje­­r­­­ci­­­cio de la mate­­r­­­ni­­­dad de la Igle­­­sia. La Igle­­­sia da a luz, ama­­­manta, hace crecer, corrige, ali­­­menta, lleva de la mano…”. Sólo una pre­­­se­­n­­­cia mate­­r­­­nal es capaz de con­­­so­­­lar, leva­­n­­­tar y llevar a la oveja per­­­dida. “Se requiere, pues, una Igle­­­sia capaz de rede­­s­­­cu­­­brir las entra­­­ñas mate­­r­­­nas de la mise­­­ri­­­co­­r­­­dia. Sin la mise­­­ri­­­co­­r­­­dia, poco se puede hacer para inse­­r­­­tarse en un mundo de “he­­­ri­­­dos” que nece­­­si­­­tan com­­­pre­­n­­­sión, perdón y amor.” El Papa nos advierte contra la ten­­­ta­­­ción cle­­­ri­­­cal de las pas­­­to­­­ra­­­les ela­­­bo­­­ra­­­das en salas de reu­­­nio­­­nes, de pas­­­to­­­ra­­­les “ale­­­ja­­­das” que él des­­­cribe sin con­­­ce­­­sio­­­nes como "pas­­­to­­­ra­­­les dis­­­ci­­­pli­­­na­­­rias que pri­­­vi­­­le­­­gian los pri­­n­­­ci­­­pios, las con­­­du­­c­­­tas, los pro­­­ce­­­di­­­mie­­n­­­tos orga­­­ni­­­za­­­ti­­­vos… por supuesto sin cer­­­ca­­­nía, sin ter­­­nura, sin cari­­­cia. Se ignora la ‘revo­­­lu­­­ción de la ter­­­nura’ que pro­­­vocó la enca­­r­­­na­­­ción del Verbo”. Durante estas cha­­r­­­las, el Papa men­­­cionó tres impli­­­ca­­­cio­­­nes prá­­c­­­ti­­­cas de esta «misión mate­­r­­­nal»: la pro­­­xi­­­mi­­­dad, el tiempo y la sen­­­ci­­­llez.

La ese­­n­­­cia materna de la misión de la Igle­­­sia implica que se viva pri­­n­­­ci­­­pa­­l­­­mente en la rela­­­ción de afecto con­­­creto que nace entre dos per­­­so­­­nas. El Papa lo expli­­­cita con la imagen rele­­­vante de la carrera de rele­­­vos: «es deci­­­sivo reco­­r­­­dar que un legado es como el tes­­­tigo, la posta en la carrera de rele­­­vos: no se lanza al aire y quien con­­­si­­­gue aga­­­rrarlo, bien, y quien no, se queda sin él. Para tra­n­­s­­­mi­­­tir el legado hay que entre­­­garlo per­­­so­­­na­­l­­­mente, tocar a quien se le quiere dar, tra­n­­s­­­mi­­­tir este patri­­­mo­­­nio.» En su dis­­­curso a los obi­­s­­­pos, el Papa Fra­­n­­­cisco insiste en el hecho de que lo que la Igle­­­sia más nece­­­sita en este momento son «mini­­s­­­tros capa­­­ces de ena­­r­­­de­­­cer el cora­­­zón de la gente, de cami­­­nar con ellos en la noche.» Dicho de otra manera, mini­­s­­­tros con un cora­­­zón de madre, un cora­­­zón que se inclina sobre el sufri­­­miento, que se queda de pie junto a la cruz. Un cora­­­zón que escu­­­cha.

Un aspecto de la misión mate­­r­­­nal implica saber tomarse el tiempo. Porque hace falta tiempo para entrar en el sufri­­­miento de una per­­­sona, para entrar como Moisés, con el res­­­peto del que se quita las san­­­da­­­lias. Se nece­­­sita tiempo para que la mise­­­ri­­­co­­r­­­dia se derrame como un bál­­­samo que len­­­ta­­­mente corra por las heri­­­das abie­­r­­­tas, dolo­­­ro­­­sas. Se nece­­­sita tiempo para que el alma magu­­­llada acepte ser ayu­­­dada y abra­­­zada. Se nece­­­sita tiempo para que ella se levante. A veces se nece­­­si­­­tan años para que flo­­­rezca una ami­­s­­­tad libre y con­­­fiada. “La Igle­­­sia, ¿sabe toda­­­vía ser lenta: en el tiempo, para escu­­­char; en la pacie­­n­­­cia, para repa­­­rar y reco­n­­s­­­truir? ¿O acaso tam­­­bién la Igle­­­sia se ve arra­­s­­­trada por el fre­­­nesí de la efi­­­cie­­n­­­cia? Recu­­­pe­­­re­­­mos, que­­­ri­­­dos her­­­ma­­­nos, la calma de saber aju­­s­­­tar el paso a las posi­­­bi­­­li­­­da­­­des de los pere­­­gri­­­nos, al ritmo de su cami­­­nar, la capa­­­ci­­­dad de estar sie­­m­­­pre cerca, para que puedan abrir un res­­­qui­­­cio en el dese­­n­­­canto que hay en su cora­­­zón, y así poder entrar en él. Quie­­­ren olvi­­­darse de Jeru­­­sa­­­lén, donde están sus fue­­n­­­tes, pero ter­­­mi­­­nan por sen­­­tirse sedie­­n­­­tos.”

Fina­l­­mente, esta misión mate­­r­­­nal requiere un cora­­­zón sen­­­ci­­­llo, que no se sobre­­­ca­­r­­­gue con tantos dis­­­cu­­r­­­sos o estru­­c­­­tu­­­ras. Al mirar a los pobres o a los pere­­­gri­­­nos del San­­­tua­­­rio de Apa­­­re­­­cida, el Papa encue­­n­­­tra un reco­­r­­­da­­­to­­­rio con­­­mo­­­ve­­­dor de aque­­­lla sen­­­ci­­­llez: «La gente sen­­­ci­­­lla sie­­m­­­pre tiene espa­­­cio para albe­­r­­­gar el mis­­­te­­­rio. Tal vez noso­­­tros hemos redu­­­cido nue­­s­­­tro hablar del mis­­­te­­­rio a una expli­­­ca­­­ción racio­­­nal; pero en la gente, al con­­­tra­­­rio, el mis­­­te­­­rio entra por el cora­­­zón. En la casa de los pobres, Dios sie­­m­­­pre encue­­n­­­tra sitio». Que impo­­r­­­tante es que se tenga en cuenta lo siguiente: ser cri­­s­­­tiano es una cosa simple, es un movi­­­miento sobre­­­na­­­tu­­­ral que brota espo­­n­­­tá­­­nea­­­mente del cora­­­zón con la misma sim­­­pli­­­ci­­­dad y velo­­­ci­­­dad de un movi­­­miento natu­­­ral. "Dios pide que se le res­­­guarde en la parte más cálida de noso­­­tros mismos: el cora­­­zón”. Cuando el cri­­s­­­tia­­­nismo se aleja del cora­­­zón, se aleja tam­­­bién de Cristo. Ojalá nue­­s­­­tra fe guarde sie­­m­­­pre esta sen­­­ci­­­llez de las pala­­­bras y de los gestos, esta sen­­­ci­­­llez que deja abierta la puerta al encue­­n­­­tro y a la ami­­s­­­tad, que sabe reco­­­no­­­cer y admi­­­tir sim­­­ple­­­mente que el rey está des­­­nudo, cuando de hecho esta des­­­nudo, y “cu­­­brir el mis­­­te­­­rio de la Virgen con el pobre manto de su fe”.

La Igle­­­sia es esposa. La mate­­r­­­ni­­­dad no se esta­­­blece por decreto, ni tam­­­poco resulta de un acto de la volu­­n­­­tad. La Igle­­­sia, que defiende fir­­­me­­­mente esta verdad en el ámbito de la fami­­­lia y de la bio­é­­­tica, se olvida fáci­­l­­­mente que ella tam­­­bién es ver­­­da­­­dera y ese­­n­­­cial en el ámbito espi­­­ri­­­tual. Sólo la esposa es fecunda. María es Madre de la Igle­­­sia, porque fue la esposa tota­­l­­­mente entre­­­gada a su Señor, la esposa que se ofrece y acoge. El cle­­­ri­­­ca­­­lismo, que por como­­­di­­­dad renu­­n­­­cia a las exi­­­ge­­n­­­cias y al dolor de la mate­­r­­­ni­­­dad para poner su espe­­­ranza en la ins­­­ti­­­tu­­­ción, aba­­n­­­dona la posi­­­ción de esposa y este­­­ri­­­liza la Igle­­­sia. Las ten­­­ta­­­cio­­­nes cle­­­ri­­­ca­­­les de dar la vida «in vitro» (en la con­­­ce­­n­­­tra­­­ción de las salas de reu­­­nión) están con­­­de­­­na­­­das al fra­­­caso: se puede en cierta medida con­­­tro­­­lar a la bio­­­lo­­­gía, pero no se puede con­­­tro­­­lar al Espí­­­ritu Santo. Sólo par­­­ti­­­ci­­­pan en el acto de enge­­n­­­dra­­­miento de la Igle­­­sia, aque­­­llos y aque­­­llas que se pre­­­se­­n­­­tan como esposa ante el Señor, y que, a imagen de María, la humilde ser­­­vi­­­dora, siguen al Cor­­­dero donde sea el que vaya, en las peri­­­fe­­­rias de Jeru­­­sa­­­lén, en la cumbre del Gól­­­gota, al pie de la cruz.

Cuando ella par­­­ti­­­cipa de la misión de María, «esposa, madre y ser­­­vi­­­dora», la Igle­­­sia tam­­­bién par­­­ti­­­cipa de su belleza. ¡Qué bella es la Igle­­­sia cuando es esposa y madre! Bella por la misma belleza de María. Bella con una belleza que brilla en la oscu­­­ri­­­dad del mundo como un faro en la noche, una belleza que le atrae, y con­­­suela a los cora­­­zo­­­nes tri­­s­­­tes, desi­­­lu­­­sio­­­na­­­dos, dese­­s­­­pe­­­ra­­­dos. Deje­­­mos las últi­­­mas pala­­­bras de esta breve medi­­­ta­­­ción ecle­­­sio­­­ló­­­gica al Papa Fra­­n­­­cisco, que evoca el gesto de los peca­­­do­­­res de Apa­­­re­­­cida, quie­­­nes hace tre­­s­­­cie­­n­­­tos años, des­­­cu­­­brie­­­ron y alo­­­ja­­­ron en sus pro­­­pios hoga­­­res la imagen rota de una virgen negra res­­­ca­­­tada del agua. «Hay mucho que apre­­n­­­der de esta acti­­­tud de los pes­­­ca­­­do­­­res. Una igle­­­sia que da espa­­­cio al mis­­­te­­­rio de Dios; una igle­­­sia que alberga en sí misma este mis­­­te­­­rio, de manera que pueda mara­­­vi­­­llar a la gente, atraerla. Sólo la belleza de Dios puede atraer. El camino de Dios es el de la atra­­c­­­ción. A Dios, uno se lo lleva a casa. Él des­­­pierta en el hombre el deseo de tenerlo en su propia vida, en su propio hogar, en el propio cora­­­zón. Él des­­­pierta en noso­­­tros el deseo de llamar a los veci­­­nos para dar a cono­­­cer su belleza. La misión nace pre­­­ci­­­sa­­­mente de este hechizo divino, de este estu­­­por del encue­­n­­­tro. Habla­­­mos de la misión, de Igle­­­sia misio­­­nera. Pienso en los pes­­­ca­­­do­­­res que llaman a sus veci­­­nos para que vean el mis­­­te­­­rio de la Virgen. Sin la sen­­­ci­­­llez de su acti­­­tud, nue­­s­­­tra misión está con­­­de­­­nada al fra­­­caso».

* Las cita­­cio­­nes pro­­vie­­nen de los dis­­cu­r­­sos del Santo Padre durante los encue­n­­tros con el Epi­s­­co­­pado del 27 de julio y con el Comité de coo­r­­di­­na­­ción del CELAM el 28 de julio.


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