• 9 de mayo de 2013
es

La casa de Natalia.

La nueva casa, Guayabo, marzo 2013

por Hna María P.

Ustedes se acordarán tal vez de la historia de Natalia y Christopher, de su mamá Luzmila a quien habíamos acompañado hasta su último suspiro hace casi 2 años; y de su abuela Lea quien vive sola ahora, al costado de la casa de su otro hijo, en una casita bien precaria. Christopher y Natalia están cada uno en un hogar, Christopher ha podido retomar el colegio donde casi no iba, y Natalia también, además puede aprender varias cosas interesantes e útiles: pastelería, panadería, costura… ella se convirtió en una adolescente sana que nos sorprende mucho por el buen juicio que tiene.

Los dos van a veces el fin de semana ver a su abuela. Ellos deberían dormir en la otra casa que está justo al costado, la de su mamá Luzmila, pero no se atreven. Es ahí donde Luzmila falleció, y eso les recuerda momentos muy dolorosos. Mejor meterse en la casa de la abuela y no reavivar una herida demasiado fuerte.
Sin embargo, nuestro corazón está hecho para recibir la vida en abundancia, mismo a través de tales pruebas, y el Señor encuentra bien los medios para hacernos dar los pasos necesarios.

Un pequeño grupo de amigos a quienes habíamos pedido de donar sangre para Luzmila hicieron amistad con los niños, y desde entonces, los visitan regularmente a los hogares o al llegar a casa el fin de semana para ver a Lea. Ellos tuvieron la idea de reconstruir la casita de Natalia: en una casita prefabricada, simple, de una sola pieza, pero con paredes sanas, con ventanas para que entre la luz, y un techo seguro: una noche de llovizna y viento, mientras visitaba a Luzmila, el techo corrugado empezó a levantarse y fue con un bastón que conseguí ponerlo en su lugar.

Una colecta para cubrir los gastos, y un bello día de sábado el grupo llega por la mañana, derriban la antigua casa y en la tarde, reciben y arman la nueva: en un tiempo de un poco más de 4 horas. Christopher, Natalia y Lea están ahí. El entusiasmo se apodera de todo el mundo y las obras van en buen camino. Pero a Natalia le cambia la expresión de su rostro. Estos recuerdos, que ella tenía mucha pena de enfrentarlos, ahora debe desprenderse de ellos y eso le cuesta mucho. Su corazón lucha, indeciso, que no había tomado posición ante tal evento que cambió su vida: decir un sí verdadero, profundo, a la muerte de su madre, al punto de integrarla a todas las fibras de su propia vida y creer que Dios está presente, la acompaña, la llama a una vida verdadera; o finalmente fijarse en los recuerdos y quedarse allí.

Percibiendo lo que sucede en su corazón, Carla, una de las amigas, le propone de ir con ella a comprar una botella de gaseosa y aprovecha para hablar un poco. De regreso, Natalia y Christopher sirven un vaso a los trabajadores, se sientan un poco, miran. Los algunos modestos muebles – dos camas, una mesa y un pequeño estante de tiras de plástico – están afuera, con las bolsas llenas de ropas viejas y un baúl; es un desempaque poco atrayente. Y después de un momento Natalia dijo: “En esta casa, voy a poner solo cosas lindas”.
Todo el poder de la Resurrección estaba contenido en esta pequeña frase así de simple, en este sábado de la octava de Pascua!


La antigua casa y la abuela Lea
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