Por: P. Thierry de Roucy
El tiempo de vacaciones se acerca. Un tiempo cuya perspectiva nos ayuda a soportar el cansancio y las preocupaciones de los últimos meses, un tiempo que nos ha hecho soñar y que a veces nos decepciona, un tiempo que pasa demasiado rápido y en el cual, paradójicamente, solemos aburrirnos.
Después de meses de vida laboriosa, todos estamos cansados. Cansados de correr sin parar, cansados de ver y escuchar cosas sin sentido, cansados de ser negligentes con lo esencial. Nuestro cuerpo grita: ¡ya no puedo más! Nuestros ojos y nuestros oídos están cansados de los horrores que ven y del ruido que escuchan: ¡tenemos sed de belleza! Nuestra Inteligencia se rebela: ¿para cuándo la reflexión sobre nuestros «por qué»? Nuestro corazón reivindica: ¿cuándo podré amar gratuitamente? Así, después de meses de frenesí, nuestro ser está en estado de espera y no se trata solamente de un cansancio del cuerpo, como creemos a menudo, que el sueño o el mar o el sol apaciguarán. ¡Se trata sin dudas de una reivindicación general!
Para muchos, especialmente para aquellos que viven en las grandes ciudades, no existe reposo que no pase por una ruptura. Para encontrar su lugar auténtico, hay que alejarse del lugar de vida habitual, se debe ir “a otro lugar”, sin necesariamente tener que partir al otro extremo del mundo. La mirada necesita contemplar otra cosa para descubrir la realidad de otro modo, como es en verdad. Los oídos necesitan silencio para escuchar nuevamente la música que existe en el corazón de todo ser. La memoria y la imaginación necesitan el tamiz del olvido para aliviarse de las preocupaciones vanas que agotan y quedarse así sólo con lo esencial. El cuerpo debe retomar conciencia del ritmo de la naturaleza para comprender que todo no fue hecho en veinticuatro horas, que hay días y noches, invierno y verano. El corazón necesita soledad e intimidad familiar para poder así alegrarse de la amistad sin condición. La inteligencia necesita dejar de lado cuestiones urgentes para poder replantearse las cuestiones a largo plazo, eternas.
Todo esto muestra el cuidado que se debe tener al elegir el lugar donde pasar sus vacaciones, las personas con las cuales se las pasará, el presupuesto razonable que se les consagrará. Finalmente, las vacaciones deben tornarnos más fieles a nuestro propio corazón, acercarnos más de Dios: la naturaleza, la belleza, la amistad, la reflexión, la oración nos serán de gran ayuda. Sin esto, las vacaciones corren el riesgo de "disiparse en un vano perseguir ilusiones de placer. Pero de esta forma el espíritu no descansa, el corazón no encuentra ni alegría ni paz, sino que termina por estar más cansado y triste que antes”. (Benedicto XVI)
Las vacaciones no son pues un tiempo para dispersarse, sino para “unificarse”, no es un tiempo de ocio, sino más bien de actividad contemplativa. Es un tiempo de re-creación, un tiempo para re-centrarse, de ahondamiento y de conversión. Sólo en este sentido “las vacaciones son una necesidad”: ¡de ellas puede depender nuestra salvación!
