• 21 de noviembre de 2012
es

¡Los amigos, qué gran tesoro!

María Victoria durante su apostolado.

por María Victoria, misionera en Chile.

Quiero presentarles ahora a dos personas sorprendentes (reconozco por gracia de Dios que todos los amigos son o sorprendentes o especiales o más). Ellos son una admiración, viven en un hogar para personas con problemas mentales.
Está Carmen quien sufre de anorexia compulsiva. Su excusa es muchas veces la Biblia dice que no hay que comer “tal cosa” porque interpreta de esa manera las Escrituras. Pero a la vez ella se da cuenta de los progresos que ha hecho en este hogar.
Cada vez que nos ve tiene un saludo tan especial y puedo decir que no he conocido persona alguna que nos recibe de esa forma. Siempre alegre dice: “Benditos”, “que alegría”, “son tan amorosos”, “justo pensaba en ustedes”; con las manos juntas lo puede repetir varias veces, a mí me da tanta alegría poder encontrarla y cuando nos vamos es también algo parecido. Carmen está constantemente en oración y alabanza. O está cantando una canción religiosa o nos pregunta si vamos a rezar el rosario, ella va pidiendo siempre por el otro, quien se hace más importante por esta fe que tiene.
Es tan gracioso cuando ella un día me dijo: lo he pensado tú no tienes que estudiar agronomía sino teología es más bonito, es mejor; yo solo reía tras sus palabras que me causaron sorpresa.
Es en Carmen que se puede ver una real pureza de corazón.

Está también Don Fausto, él tiene 51 años, sufre de esquizofrenia y es adicto al cigarro.
Don Fausto es una persona simpática, quiere ser misionero de Puntos Corazón para vivir en nuestra casa, en varios encuentros nos preguntó si ya estaba lista la habitación del huésped para poder quedarse para hacer la misión. Cuando lo dice es tan serio que siempre les explicamos con delicadeza que él no se puede quedar y lo sabe entender bastante bien.
Hace un mes se enfermó de pulmonía y estuvo en el hospital. Cuando lo fuimos a ver estaba con tubos en la nariz para respirar y suero inyectado al brazo para que se alimente. Se hace difícil la primera mirada, verlo en la camilla debilitado, flaco y ojeroso, es el sentir con Don Fausto este sufrimiento. Al vernos se sorprendió de nuestra visita ahí, hasta donde podíamos llegar por esta amistad.
Después de dos semanas regresó al hogar, aún frágil no podía caminar, perdía el equilibrio entonces lo dejaban sentado atado a la silla con una corbata para que no se cayera. Hablando despacio me dijo con una sonrisa débil en el rostro: no te he contado, ha venido a verme mi hijo, estoy contento. Imaginaba que ese “estoy contento” era mucho más. Muchas veces antes nos dijo que su hijo Miguel Ángel no venia a verlo desde hace mucho tiempo pero es tras esta enfermedad que lo logra ver, y es él quien le dice que va venir cuando Don Fausto se lo pida.
Don Fausto es un Amigo que cuando puede nos da la sorpresa de ir a la casa, que gusta de nuestra presencia como también nosotros gustamos de la suya.

María Victoria

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