• 12 de mayo de 2014
es

Los niños son los mejores maestros del Amor.

por Aracelli, misionera en Honduras.

La última vez que fui a la Pro­vi­den­cia, sentí una mezcla de emo­cio­nes. Pues, es un lugar que caló en mi cora­zón. Quizás porque es el lugar más humilde, porque todos temen ir, porque recha­zan a los que pro­vie­nen de allí, etc.

Puede haber muchas razo­nes. Pero tengo la cer­teza de que allí encon­tré gran­des maes­tros del amor. En la última visita, los niños insis­tían en que entrara a sus casas para des­pe­dirme y tenían mucho entu­siasmo. Aquel entu­siasmo que pro­viene del amor. La son­risa y el brillo en sus ojos demos­tra­ban la ale­gría al ingre­sar a sus casas. No podía creer lo que suce­día, pero era bueno…TODO bueno.

Mien­tras cami­naba, vi a Dia­nita sen­tada en el suelo des­calza, quien fue por pri­mera vez al Punto Cora­zón sema­nas atrás y muy tímida sólo decía: “No sé hacer nada, no sé pintar, escri­bir, jugar…No puedo”. Recuerdo que los otros niños juga­ban y reían sin parar. Por alguna razón, pasé la mayo­ría de la tarde con ella. Pues, sin pro­po­nér­selo me enseñó que lo más impor­tante es tener una pre­sen­cia... Alguien que acepte, acom­pañe, que no juzgue, que com­parta y res­pete el silen­cio. Esa tarde no inter­cam­bia­mos una larga con­ver­sa­ción pero el silen­cio lo hizo todo.

Pues el abrazo que me dio al des­pe­dirse lo siento como si hubiera sido ayer. Ese día, la volví a ver en La Pro­vi­den­cia y al vernos, fue como si nos cono­cié­ra­mos de hace años… Ella tenía una bella son­risa y unos ojos que sólo dicen: “Amor”. Des­cu­brí, que lo pequeño e ines­pe­rado, puede ser lo más grande y espe­rado.

Con­ti­nué con mi des­pe­dida en ese bello lugar y aquel día pensé en que todo en la vida es pasa­jero y que no posee­mos nada… Sólo debía y debo per­mi­tirme vivir y amar cada día inten­sa­mente. Pues todo estaba en la dis­po­si­ción de mi cora­zón. ¿Será que cada ins­tante puede ser eterno?

“Ah! Com­prendí muy bien que la dicha no se halla en los obje­tos que nos rodean, sino en lo más íntimo del alma; se la puede poseer lo mismo en una pri­sión que en un pala­cio.” The­rese de Lisieux


Volver