• 7 de septiembre de 1991
es

Los pequeños y los pobres serán sus maestros (1991)

Estrella
Misa de envío, Ourscamp,
– le 7 septembre 1991 –

Muy queridos Amigos de los niños,
Muy queridos amigos de los Amigos de los niños:

El rostro del pequeño Eliao cargando su canasta que desde hace horas, llena de papeles que encuentra en los innumerables basureros desparramados en las calles de Manila.... La mirada de Elena que, pese a sus catorce años, espera en la Casa de Cita, en las calles de Bogotá, el eventual cliente que le permitirá comprar el pan con el que alimentará su cuerpo debilitado y el del hijo que ya tiene.... El vientre inflado de Kim, que traduce tan bien las dificultades que sus padres tienen de vivir en Bangkok... El grito de Luis y de María que son golpeados en plena noche hasta sangrar, por su madre borracha... Ese rostro, esa mirada, ese vientre, ese grito, queridos Amigos de los niños, no los han dejado indiferentes... Ellos los han conmovido. Ustedes se dijeron: «Tengo que entregar mi rostro apacible, tengo que ofrecer mi mirada de compasión, que yo proponga una palabra de vida a esos niños.» Solo su fe aclara la inmensa dignidad, el precio extraordinario que tienen a los ojos de Dios. Entonces, he aquí que dejan sus redes y pescados para mañana subir al avión que los hará presentes en medio de ellos.

Estos niños los llaman. Ustedes lo saben bien, ustedes que escucharon su trágico llamado y su silencio desesperado. Pero estos niños los llaman sobre todo a ir hacia Dios. Si lo olvidáramos, reduciríamos a nada la vocación que es desde ya la suya. Estos niños son los trampolines que van a convidarlos a una verdadera conversión y que, una vez más, los harán beneficiarios aunque a los ojos del mundo pasarán por deudores sin suerte. Mi único deseo, es que no pierdan nada de sus lecciones. Éstas no los preparan a ningún diploma. Los preparan a la prueba del amor, abren las puertas del Reino de los cielos: «Si no se hacen como uno de estos pequeños...»

Y la pregunta que Jesús les hace a cada uno de ustedes es ésta: «¿En verdad quieren aprender de ese niño que van a servir? ¿Quieren descender con él hasta los misteriosos abismos de su humanidad tan herida?¿Quieren estar contentos con él de la bienaventuranza que todo su ser proclama?» ¿No lo quieren? ¿No quieren dejarse despojar de su reputación, de su tiempo, de sus deseos y placeres, quizás de un poco de su salud?... Entonces, si es así, les ruego quédense aquí: tendría demasiada vergüenza de ver en medio de las villas un Amigo de los niños con aire de superioridad, un Amigo de los niños que cierra la puerta de su casa porque es la hora de cerrar, un Amigo de los niños que no acepta escuchar hasta el final a quien se entrega a él en lágrimas y gritos, un Amigo de los niños que no da de su propio pan, de sus propias vestimentas, de sus propios recursos para calmar un vientre que chilla, un cuerpo que tiembla, una fiebre que sacude como un viento violento. ¡Es mejor que se queden!

¿En verdad lo quieren, aunque una y otra vez fallen en esta maravillosa misión? Entonces, partan como el niño deseoso de aprender, que va por la primera vez a la escuela... Y díganse bien que no saben todavía ni leer, ni escribir en la escuela maternal del amor... Sí, comiencen:

1. EN LA ESCUELA DEL COMPARTIR. Verán gestos que los conmoverán. Me acuerdo de la pobre gente de un pequeño pueblo de chozas plantadas al borde del río Paraná, bien al noreste de Argentina, venir a ofrecerme como a los Hermanitos de Jesús, de quienes era huésped, un vaso de vino de la botella que acababan de comprar. Y mientras bebíamos, el hermanito Javier me explica: «Aquí es así, nunca se compra algo para comer sin ir inmediatamente a ofrecer una buena parte a los vecinos.»

Me acuerdo de una familia brasileña cuya fortuna consistía en algunas planchas de madera, algunas vestimentas y el fondo de una bolsa de arroz que venían de mostrarme como único alimento restante. Unos minutos después, tocan a la puerta. La señora abre, toma la bolsa. Y se excusa diciendo: «Son mis vecinos. Son pobres: no tienen nada para comer.»

Aquí, ustedes comprenden, uno no sabe contar. No calcula su jubilación. No se pregunta si podrá partir o no de vacaciones. No mira si es más rico que el vecino. No da de lo que le sobra. Da de lo que necesita y sabe misteriosamente que dando al que toca a la puerta, es Cristo mismo al que se lo ofrece. Da de su tiempo: uno tiene algunos ladrillos para construir su casa y todo el barrio se pone a la obra... Claro, y ustedes lo saben, no es el paraíso, pero sabrán abrir los ojos sobre esos gestos que los conmoverán hasta las entrañas y les proclamarán tan fuerte el Evangelio...

2. EN LA ESCUELA DEL SERVICIO. Ahí también serán testigos de escenas que les dirán: «¡Aquí está la verdad!» A principios de agosto visité el orfanato de niños discapacitados mentales que mantienen las Misioneras de la Caridad en Bucarest. Entramos en una primera sala donde gritaban, donde se atropellaban, donde se revolcaban en el piso unos cuarenta niños que enseguida rompieron los anteojos de la religiosa que me acompañaba y me mordieron el brazo. Pasamos a la pieza vecina donde están los niños más atentos. Unos diez niños sentados a la mesa, uno al lado del otro y varias hermanas les daban de comer una pobre papilla. Es la hora de cenar. De repente nuestra mirada se dirige al niño cuyo rostro está completamente deformado, cuyos brazos y piernas son esqueléticas. Él tiene la cuchara en la mano y con una ternura conmovedora, alimenta a su vecino que es aún más débil que él. Ese gesto nos paraliza de emoción y provoca lágrimas en nuestros ojos.

El pobre ayuda al pobre. El pobre lava los pies del pobre. Ustedes no son llamados más que a esto: a ponerse de rodillas, a consolar corazones heridos, a lavar cuerpos carcomidos por la enfermedad, a cuidar y permanecer con el niño que se muere a su puerta. Y nunca podrán decir: «¡Lo haré mañana!» Caritas urget vos: la caridad no puede dejarnos un respiro y no nos dejará hasta el final... ¡Es hoy! ¡Es ahora! ¡Es de inmediato que hay que amar hasta entregarse! ¡Es tan urgente como una transfusión de sangre a un cuerpo que se vacía!

3. UNA ESCUELA DE CONVERSIÓN RADICAL. La conversión, es ir a lo más profundo de la fe, la esperanza y la caridad. La gracia de Puntos Corazón, es la de estar sin cesar provocados, llamados a dar más. Hay civilizaciones que adormecen a la gente en una horrible mediocridad, que los encierran en un egoísmo que corre el riesgo de encerrarlos para siempre en sí mismos: su mundo no superará jamás los límites de su existencia material -es así que, quizás, podríamos definir el infierno.

Los barrios carenciados, la vida comunitaria que van a llevar, la intensa comunión con Dios los mantendrán sin cesar atentos sobre la huella de un sí total, de un sí sin resistencias, de un sí alegre. Dios se alegra con los que donan todo con el corazón alegre. Todo el día, habrán corrido en los terribles embotellamientos de Bangkok o de Manila para llevar un niño al hospital y se sentaban para tomar una buena sopa. Cuando al instante, vienen a buscarlos para asistir a una mujer que muere. ¡Es ahora!

Por enésima vez, su compañero de Punto Corazón les hace esa reflexión que los lastima. ¡Es necesario perdonar! ¡Enseguida!

Después de varias noches en vela, decidieron acostarse más temprano. En las ventanas de sus dormitorios los niños los llaman: ¡necesitan de ustedes! ¡vayan! Después tendrán tiempo de dormir...

Confiamos a sus oraciones ese adolescente que se droga o que sus padres mandan a prostituirse para que haya de comer en la familia. Como san Francisco, es de inmediato que hay que implorar a María, visitar al Santísimo Sacramento, la presencia más preciosa de un Punto Corazón, la que, como lo dice el excelente obispo de Paraná, Monseñor Karlic, ella sola justifica la presencia de una de nuestras casas en un barrio de miseria, junto a un pueblo de miseria cuyos andrajos sin embargo, ya dejan transparentar la túnica gloriosa con la que serán pronto y para siempre vestidos.

Los más grandes problemas que pueden sobrevenir en un Punto Corazón no vienen de la gente, no vienen del calor o la lluvia, tampoco de la Carta que no hubiera previsto tal o cual circunstancia -en todo caso, ¡dejen incluso esta Carta para tomar sólo el Evangelio!-, el único problema de un Punto Corazón, soy yo y mi falta de conversión. Ya no acepto más descender siguiendo a Jesús. Mi voluntad se cierra. Tengo miedo. No quiero ir más lejos. Ya no quiero abrir mi puerta. No quiero perdonar. Ya no quiero servir. Ya no quiero compartir.

Pero también, el verdadero esplendor de un Punto Corazón, soy yo y el deseo de conversión que el Espíritu de Dios depositó en mi corazón. El resto: el dinero que aportamos, los cuadernos que donamos, son casi nada. Lo que Dios quiere, es que nuestro corazón se deje quemar por su corazón. Lo que quieren los pobres, es que nuestro corazón acepte latir al mismo ritmo que el suyo.

Y ustedes lo saben, esta radical conversión al Evangelio que, por su compromiso, van a manifestar que quieren vivir, no será solos que la vivirán. La Santísima Virgen, Madre y fundadora de los Puntos Corazón, San José, patrono del Punto Corazón de Paraná, San Martín de Porres, patrono del Punto Corazón de Lima y los ángeles, van a sostenerlos y guiarlos de una manera que los deslumbrará.

Además, están todos los que hoy los rodean, cuya oración y amistad no dejarán de fortificar sus corazones y de llevarlos más lejos. No sé cómo agradecerles el estar hoy aquí: son ellos, más que nosotros, que sostienen la obra con la decena del rosario cotidiana, con sus palabras, compartiendo sus bienes. ¡Qué Dios los bendiga!

Queridos Amigos de los niños, quedaremos en íntima comunión durante toda su estadía en América Latina. Día y noche nuestra oración los sostendrá y la suya nos ayudará en nuestras responsabilidades. Si tuviese que dejarles una sola palabra en el momento de partir, les dejaría esta: «¡Amen!» El viaje, la estadía en un Punto Corazón no tienen otro sentido: amar a Dios, amarse entre ustedes, amar a los niños y a todos a los que estarán llamados a encontrar.

Padre Thierry de Roucy

Volver