• 23 de mayo de 2012
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Mayo: De la desolación a la Bienaventuranza

© 2011, Nathalia Satsik

Cada año en el Perú, la fiesta de la Cruz de mayo sigue de poco la Pascua, y nos recuerda de mirar al cru­ci­fi­cado y al dolor en la luz de la Resu­rrec­ción.

«Allí, sobre esa pequeña colina de Jeru­sa­lén, un sen­ti­miento extraño nos invade. Allí esta­mos colo­ca­dos frente a una masa de amor y de muerte, de peca­dos y de espe­ranza. Frente a los mon­tícu­los de made­jas de lanas rojas, oro, grises, verdes, vio­le­tas, todo entre­mez­clado. Un lugar de con­fu­sión. Un lugar de para­do­jas. Un lugar tan ajeno para noso­tros, que qui­sié­ra­mos huir de él. Un lugar tan fami­liar que no se sabe cómo desa­rrai­gar­nos de él. Con­tem­pla­mos el sufri­miento de un Cristo que grita hacia su Padre, de una Madre que tiene el cora­zón atra­ve­sado de lanzas. Es Él y es Ella quie­nes, en primer lugar, sufren. Pero luego somos noso­tros que sufri­mos. Es cada uno de noso­tros y el mundo entero. Siem­pre más. De tal manera que, poco a poco, el Gól­gota se trans­forma en Eve­rest. A lo largo de los años se agre­gan, en efecto, el naci­miento de millo­nes de hom­bres que, día tras día, debe­rán expe­ri­men­tar sufri­miento tras sufri­miento. La muerte de millo­nes de hom­bres en medio de los gritos de su agonía y los llan­tos de aque­llos a quie­nes dejan. El sufri­miento de países libe­ra­dos al precio de sufri­mien­tos aún mayo­res. Las angus­tias de los enfer­mos, de los ado­les­cen­tes, de los ancia­nos ali­via­dos al precio de otros sufri­mien­tos. Y todo este lote de gue­rras, de terre­mo­tos, de dolo­res secre­tos… Es pesado, infi­ni­ta­mente pesado… ¿Era nece­sa­rio tanto para com­ple­tar a la Cruz del Cristo para su Cuerpo que es la Igle­sia?.

Se puede contar, buscar expli­ca­cio­nes, inven­tar teo­rías. Se puede tam­bién sim­ple­mente ins­ta­larse en la cólera, rebe­larse, o incluso des­truirse. Pero, ¿para qué? No basta más bien con entrar en el porqué para­dó­jico y con­fiado del Hombre y en el silen­cio vene­ra­ble de la Mujer en el que ya están con­te­ni­dos el porqué y los silen­cios de todo ser humano. Cier­ta­mente, estas lla­ma­das van segui­das de un inmenso hiato. Nin­guna res­puesta. Ningún alivio. Un pozo sin fondo. Una tra­ge­dia sin fin. Una tra­ve­sía sin faro. Absur­di­dad. Pero, cuando la deso­la­ción alcanza su paro­xismo, surge un relám­pago más bri­llante y más mis­te­rioso que toda luz. Una res­puesta que se ofrece como la única pala­bra del amor: la resu­rrec­ción. Lo que nos parece hoy tan lejano, tan increí­ble, tan ines­pe­rado ha abierto brus­ca­mente un camino en nues­tro inte­rior. Somos los mismos y, a la vez, somos otro. Sin pre­gun­tas. Sin silen­cio. Per­fec­ta­mente pre­sen­tes. Ado­ra­do­res.

Es en nues­tra pacien­cia ena­mo­rada que debe vivirse hoy este hiato entre el porqué del aban­dono y la locura de la resu­rrec­ción, es en esta espe­ranza que se con­so­lida cuando la pobreza y la vio­len­cia nos des­ga­rran, cuando nos abra­zan la angus­tia y las lágri­mas, que poco a poco nues­tro cora­zón se dis­pone a reci­bir la tota­li­dad del infi­nito para el cual él está hecho. La bie­na­ven­tu­ranza que sin demora vendrá, como un ladrón.»

Padre Thierry de Roucy

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