• 4 de noviembre de 2009
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Testimonio de Francisco

Francisco

Fran­cisco es argen­tino y es misio­nero en el Punto Cora­zón de la Ense­nada desde ya seis meses. Nos com­parta la amis­tad con unos amigos que­ri­dos del Punto Cora­zón: Paola y su nieto Jonathan.

Les voy a contar la his­to­ria de un ado­les­cente y su abuela. Él se llama Jonathan, tiene quince años, su abuela se llama Paola, viven los dos solos. La señora Paola, es oriunda de Tru­ji­llo, pero hace ya tiempo que vive en el barrio, en con­di­cio­nes mate­ria­les muy pre­ca­rias. Ella tuvo ocho hijos, de los cuales seis han muerto; dos por acci­dente, y los otros cuatro por una enfer­me­dad cuyo nombre es Hun­ting­ton; es una enfer­me­dad dege­ne­ra­tiva y pro­gre­siva de las capa­ci­da­des neu­ro­ló­gi­cas. Esta enfer­me­dad, que es here­di­ta­ria, va pre­sen­tando sín­to­mas de inmo­vi­li­dad, per­dida del habla, del con­trol del cuerpo, y ter­mina inde­fec­ti­ble­mente en el deceso de la per­sona que la padece. El año pasado, el papá de Jonathan fue el último de los cuatro en morir. Ahora, Jonathan pre­senta la enfer­me­dad y por lo que vemos, avanza muy rápido. Ya que su madre está ausente, es Paola que se encarga de este nieto, de su cui­dado, vive con él y lo acom­paña coti­dia­na­mente. El Punto Cora­zón formó una amis­tad desde hace ya mucho tiempo con ella, y la amis­tad creada es siem­pre muy grande.

Un sábado, estaba en casa por la mañana lavando mi ropa, gol­pean la puerta. Era una de las fami­lia­res de Paola que vino a avi­sar­nos que Jonathan se había caído de cabeza y se había las­ti­mado la nariz y parte de la cara. Fui rápi­da­mente a ver qué suce­día. Allí estaba él llo­rando con un gran golpe, pare­cía como una frac­tura; su rostro refle­jaba un gran dolor, como un can­san­cio muy grande de toda la situa­ción que atra­viesa, ya que con quince años, no puede hablar, se mueve con mucha difi­cul­tad y siente que está peor, es muy duro.

Fuimos hacia la Posta que queda ahí cerca, y luego de espe­rar un rato, nos envia­ron de urgen­cia al hos­pi­tal. Allí luego de cinco largas horas de trá­mi­tes, pape­les y demás, no pudi­mos hacer más que darle unos inyec­ta­bles y unas pas­ti­llas para el dolor, hasta el lunes que lo viera el espe­cia­lista.

El lunes, fuimos a bus­carlo para ir al hos­pi­tal pero al salir le agarró una fuerte con­vul­sión, que solo pudi­mos calmar dán­dole agua y que su abuela frenó con las téc­ni­cas que ya conoce muy bien. Lo lle­va­mos al hos­pi­tal dónde volvió a tener una crisis, enton­ces le colo­ca­ron un cal­mante. Actual­mente está en su casa, con­ti­nua con su tra­ta­miento neu­ro­ló­gico y su medi­cina, su situa­ción está más tran­quila, pero de todas mane­ras, está bas­tante mal.

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Jonathan, Paola y Viky

Hace un tiempo a causa de esto, deci­di­mos hablar con el Padre, y pudi­mos hacer que lo bau­tice. María y yo, asu­mi­mos el rol de padri­nos. El bau­tismo fue un momento de mucha ale­gría, ya que para mí, sim­bo­liza una exi­gen­cia y un mayor com­pro­miso hacia él y su fami­lia.

Les confío ple­na­mente la vida de este joven, y la vida de su abuela, que es un ejem­plo de espe­ranza, de per­se­ve­ran­cia y de amor gra­tuito e incon­di­cio­nal, que nada espera, y que todo lo da. Su fe en Dios, y su fuerza para seguir peleando, y seguir de pie, es un ejem­plo que me recuerda lo que expresa Padre Thie­rry, cuando nos dice que ellos, los «pobres», los que menos tienen, son nues­tros maes­tros, quie­nes más nos educan y nos hablan con su tes­ti­mo­nio, de lo ver­da­dero en la vida, de cómo amó Cristo a sus hijos, a mí, sin «peros», y hasta el final, hasta dar la vida.

Francisco

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