• 22 de mayo de 2009
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Testimonio de Juan Manuel

Juan Manuel con abuela Rosa

Juan Manuel tiene 26 años, es argentino, y vive en el Punto Corazón de la Ensenada, Puente Piedra, desde marzo de 2008

El rostro de la pacien­cia salió a mi encuen­tro me tomó de la mano, me estre­me­ció tanto que no tuve otra reac­ción que llorar...me miró, me regaló su son­risa y me con­soló ¿No era yo el que venía a Perú a Con­so­lar?

En estos seis meses creo que quise solu­cio­nar todos los pro­ble­mas de La Ense­nada y lo único que logre es deses­pe­rar...

Una mañana des­perté intran­quilo, creo que hasta deses­pe­rado. Mis maña­nas suelen ser ale­gres, esta vez no. Como todas las maña­nas reza­mos Laudes. Me gusta mucho cantar los salmos, aunque no me salga nada bien. Pero en esta mañana no podía abrir la boca, sabía que si empe­zaba a cantar ine­vi­ta­ble­mente llo­ra­ría...

Desa­yuné casi en silen­cio (cosa que no es común en mí) miraba a mi comu­ni­dad sen­tada en la mesa, son­rien­tes, ale­gres misio­ne­ros y me irri­taba, decía dentro de mí: hay mucho por hacer, gente enferma, muje­res gol­pea­das, niños abu­sa­dos, gente sola en sus casas cla­mando su dolor, gente que espera nues­tra visita, nues­tra ayuda. ¿Qué hace­mos aquí sen­ta­dos? Las nece­si­da­des en La Ense­nada son muchas, me deses­peré y me dije ¡¿qué hago acá sen­tado?! ¡¿A que vine?! La impa­cien­cia y mi orgu­llo se apo­de­ra­ron de mí.

Luego de desa­yu­nar, entré a la capi­lla para mi hora de ado­ra­ción pero seguía impa­ciente. Tenía gra­bado en mi mente un rostro con­creto de este barrio. Nece­si­taba “Yo” dar solu­cio­nes a este rostro que sufría.
Des­pués de diez minu­tos, mi impa­cien­cia no podía más, me levanté y salí. Creo que me sentí Super­man, sin serlo.

Casi corriendo, sin mirar a nadie llegué como deses­pe­rado a su casa, golpeé des­pa­cio y dije: Abuela; Juan Manuel ¿paso? No escu­ché nada, sólo silen­cio, tenía ganas de entrar como dueño de casa, me aguanté y dije nue­va­mente: Abuela, soy Juan Manuel. Des­pués de unos segun­dos escu­ché su voz ronca: ¿Qui-én? Con­testé impa­ciente: Juan Manuel, abuela. Desaté el frágil nudo de la puerta y entré. Tenía una cara como de asus­tada, antes de llegar a los pies de su cama dije nue­va­mente: Abuela soy Juan Manuel ¿cómo está? Su rostro seguía inmó­vil, como preo­cu­pada, acer­cán­dome de a poco a sus ojos casi ciegos dije: ¡Abuela Rosa, Punto Cora­zón! Allí esta­lló su emo­ción, su son­risa flo­re­ció, su rostro se ilu­minó, Ella conoce muy bien a Puntos Cora­zón. No conoce ningún Juan Manuel, conoce un todo. Sabe bien sobre nues­tra misión, cono­ció y educó con su dulce mirada y su vida a muchos misio­ne­ros que, como yo, pasa­ron por esta casa.

Tendió su brazo como para alcan­zarme, tomé su mano áspera y arru­gada y besé su frente. Allí estaba con ella, mi amiga la abuela Rosa. En el mismo ins­tante que son­reía exten­dió su otra brazo muy len­ta­mente y per­cibí que su mano quedó en el aire como espe­rando que alguien la tome y le besé su frente tam­bién. Arrugó el seño y dijo: ¿solo? Le con­testé como aver­gon­zado: Sí abuela, vine solo. Su cara entró en dudas y dijo: ¿Por qué? Ella sabe y entiende que siem­pre sali­mos de a dos a visi­tar a la gente, el que no enten­dió eso hasta ese día era yo.

Esquivé su pre­gunta cómo que no hubiese escu­chado. Solté su mano sin que ella me suelte a mí y me senté sin pre­gun­tarle nada más, empecé a hablar, tenía mucho por decir. Hablé casi sin res­pi­rar, durante un buen rato le dije algo como esto:

Abuela Rosa, saqué el turno para el oftal­mó­logo, en la semana la lle­va­mos y luego nos toca­ría ir al car­dió­logo ya que su pre­sión es ines­ta­ble. Tengo todas estas pas­ti­llas que tiene que tomar para su pre­sión ocular. Nos falta una gotas que pedi­re­mos a algún asis­tente social de la zona o del hos­pi­tal, alguien tiene que dár­nosla. Tene­mos que tra­mi­tar su DNI, usted no lo tiene y no pode­mos hacer nada sin eso…
Mire abuela, tápese, su asma es incon­tro­la­ble, de esta manera toma mucho frío, le entra aire y agua por todas parte en su rancho. Mire su rancho, no tiene casi techo y la tierra y la hume­dad de su cama le da más asma. Vendré con alguien y lo arre­gla­re­mos tam­bién, lim­pia­re­mos todo sus vasos y platos, están muy sucios, tira­re­mos todos y le con­se­gui­re­mos nuevos, trae­re­mos ropa para que se cambie y este bonita. Tal vez sería bueno con­se­guir una nueva silla de ruedas y porqué no poner luz eléc­trica en su casa, eso sería bueno, tam­bién con­se­guirle una radio o una tele pequeña y un col­chón nuevo, sí eso, pen­saré a quien pedirle un col­chón, éste está húmedo y gas­tado, le hace doler mucho su espalda....y su gar­ganta tam­bién le duele, me ima­gino que nece­si­ta­mos con­se­guir algún anti­bió­tico. Seguro que le duelen sus encías, siem­pre le san­gran, tra­ta­re­mos de solu­cio­narle todo abuela y su ojo abuela ¿ve algo?, ¿le late?, ¿le duele?, ¿le pica?, ¿le arde? mañana mismo tra­taré de con­se­guirle esas ben­di­tas gotas…

La abuela sólo me miró, tomó nue­va­mente mi mano y me dijo con su voz ronca y poco enten­di­ble: do-a-rio… Sin enten­derla deses­peré y le dije: ¡Per­dón abuela no la entiendo, su reme­dio, ¿ne­ce­sita su reme­dio? Seña­lán­dome lo que quería (el Rosa­rio) me dijo clara y sim­ple­mente: Re-za-mos...

Sonrió, se per­signó y no me quedó otra que decir junto con ella: Padre nues­tro que estás en el cielo san­ti­fi­cado sea tu nombre...

La abuela Rosa es quien me educa con su vida, es quien me con­suela, es de esos ros­tros que nunca olvi­daré y de los cuales apro­ve­charé durante mi misión. Ella es la santa de la pacien­cia, está pos­trada en su cama hace once años. Sólo sale cuando la car­ga­mos en su silla y la lle­va­mos a casa. Está sola todo el día; su esposo sale a vender jugos y regresa muy tarde por la noche. Su casita de este­ras y madera es muy pre­ca­ria y sus bienes son cinco polli­tos, una gallina y su gran amigo el Gringo, un gato, a quien mal­cría como a un hijo que nunca tuvo. Espera siem­pre nues­tra vista. Nos cuesta mucho a veces enten­der lo que nos quiere decir, pode­mos estar una hora tra­tando de enten­derla y ella en vez de eno­jarse, ríe a car­ca­ja­das por lo bruto que somos. Ella es la abuela Rosa, la abuela de nues­tro Punto Cora­zón, el rostro de la pacien­cia…
[...]

Juan Manuel

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