• 12 de mayo de 2010
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Testimonio de Aldo en Ecuador

Aldo en el hogar de la paz

Aldo está de misión en el Punto Corazón de Guayaquil, Ecuador desde el 28 de febrero. A los tres meses, nos comparte su experiencia:

Déjenme contarles los acontecimientos vividos en estos dos últimos meses. Estos meses han transcurrido llenos de vivencias y amor de Dios, pero hay algo que Él me ha mostrado de forma sencilla en este tiempo, lo equivocado que estaba al pensar que sabia amar pues antes pensaba que amar se basaba en un sentimiento y una reciprocidad pero amar es darse sin esperar una respuesta a cambio, es buscar el bien para el otro (que no es igual al querer del otro), amar es tener a Dios en mi vida y vivir la vida con Dios pues sin Él no existe el amor, pues si no está Dios el amor pierde sentido No existe como no puede existir el día sin el Sol. Siento que mi tiempo aquí en mi Punto Corazón me está ayudando a afianzar mis primeros pasos, a cimentar más hondo mi raíz en Dios, pues una emoción termina mas el amor perdura.

Uno de los pilares de esta experiencia es la vida en comunidad, pues me veo a mí mismo con mis pobrezas y veo la de los demás, el convivir día tras día con personas totalmente diferentes tanto en idioma, costumbres, carácter, etc. y poder aceptarlos como son; el discutir con un hermano de comunidad y tener que verlo todos los días en el Apostolado, en los rezos, en la misa, en las comidas, es donde descubro el verdadero perdón, cuanto necesito del otro y cuanto él de mi. Veo que la vida en comunidad exige de mi una entrega mayor cada día: en llegar temprano a cada actividad, lavar mi ropa, cumplir con mis deberes a tiempo (como lavar los trapos, hacer los regalos, limpiar la refrigeradora, cocinar, etc.).
Es un verdadero milagro convivir en una misma casa con tantas personas tan diferentes y esto ocurre solamente porque Dios es quien nos une y nos impulsa a seguir adelante, es la Eucaristía quien nos llama a Amar más, quien nos invita a entregarnos más, quien nos da más sed de Dios en los demás.

De la misma manera nunca me imaginé poder abrazar, tomarle la mano, conversar, dar una sonrisa a un abuelo abandonado, enfermo, solitario, pero ahora no solo tengo dos abuelos y dos abuelas, pues en el Hogar de la Paz – de las Misioneras de la Caridad de Madre Teresa – Dios me ha regalado muchos más. Puedo ver en ellos a mi abuela Julia y Aida, a mi abuelo Antero y Atilio, pues los he abrazado, han compartido su sabiduría y experiencias, hemos sonreído y compartido su tristeza, he palpado su dolor, su soledad. Puede que piensen: ¡¡¡Qué bueno que es Aldo!!! NO, no lo soy, pues no es que yo voy a ellos porque soy Bueno, sino porque ellos me enseñan a amar de verdad, lo que es ser hijos de Dios, me enseñan a encontrar y reconocer a «Jesús en el disfraz del pobre sufriente» (Madre Teresa de Calcuta).

Aldo

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