• 8 de febrero de 2010
es

Testimonio de Lindsay en Brasil

Lindsay
Salvador, 20 de Enero de 2010

«Es un padre que no ven, es un padre que cuya voz no escu­chan...Pero es un padre que los ama más que a todo... Es el padre de Jesús» (Rem­brandt, el hijo pró­digo)

Que­ri­dos padri­nos, fami­lia y amigos,

Es una gran ale­gría para mí, poder escri­bir­les esta pri­mera carta y a la vez con­tar­les los momen­tos vivi­dos hasta ahora. Ya son casi dos meses que estoy aquí y el tiempo para mí, está pasando dema­siado rápido, creo que es un buen signo, ¿no? La verdad, es que estoy viviendo cada momento con la mayor inten­si­dad posi­ble, porque cada momento vivido aquí, es valioso e irre­pe­ti­ble.

Muchas veces me pre­gunté, en mi igno­ran­cia, ¿cuán grande es el amor de Dios? Lo escu­cho en las can­cio­nes de la Igle­sia, lo escu­cho en las ora­cio­nes, lo leo en la Biblia o en algún libro espi­ri­tual. Pero, ¿cuán grande es, que no lo sé? Tenía tanto deseo de cono­cerlo, que empecé a bus­carlo y no es algo fácil que diga­mos. Así empezó esta gran aven­tura de amor. Se inició hace mucho tiempo atrás, con el cono­ci­miento de nues­tra Madre la Virgen María. Aprendí a cono­cerla, a que­rerla y a con­fiar en ella. Fue enton­ces que entendí, que el camino más rápido para llegar a Jesús, es ella.

Mi vida trans­cu­rría en mi tra­bajo y otras acti­vi­da­des liga­das a la Igle­sia, pero mi bús­queda no estaba com­pleta, yo sentía aún en mi cora­zón un vacío que fal­taba por llenar, una sen­sa­ción de insa­tis­fac­ción que se con­fun­día con lo voca­cio­nal. Quería darle un sen­tido más pro­fundo a mi vida, que sólo sea tra­ba­jar y tra­ba­jar y seguir con la rutina que tenía hasta ese momento. Quería tener un con­tacto más humano, más cer­cano con mi pró­jimo, aquel del que yo creía estar cerca. Quería cono­cer más a Dios. Así que un buen día, decidí dejarlo todo e ir en bús­queda de esa exi­gen­cia que tenía en el cora­zón. Decidí partir en la bús­queda de ese Dios, que no sólo está en las Igle­sias o en los con­ven­tos, sino que está en la vida diaria, en cada momento.

Cuando conocí la Obra Puntos Cora­zón, sentí inme­dia­ta­mente que era lo que andaba bus­cando. Es una obra que reposa en Dios, lo más impor­tante. La com­pa­sión y con­so­la­ción son caris­mas que ya los había vivido, pero sin darme cuenta. La com­bi­na­ción del tra­bajo con los niños y la vida en comu­ni­dad, todo esto fue lo que me llevó a decir «sí» al igual que María. Era dejarlo todo y seguirlo, era res­pon­der a ese lla­mado que me estaba haciendo Dios. A dar un tiempo de mi vida a los niños y per­so­nas nece­si­ta­das de amor, de cariño y de amis­tad.

Muchos de mis amigos, me pre­gun­ta­ban: ¿qué vas a hacer allá?, ¿por qué ir tan lejos si aquí hay tanto que hacer?, ¿estás segura de lo que estás haciendo? y muchos otros nunca dije­ron nada... todo esto dolía. Y me dije: son 14 meses, ¡no es nada! Es un tiempo de mi vida que me dejaré amar, me dejaré guiar, apren­deré la cari­dad, la pobreza, el aban­dono en los brazos de Dios. En fin, tantas cosas buenas, que una expe­rien­cia así, es una ben­di­ción de Dios. Y aquí me tienen, escri­bién­do­les mi pri­mera carta des­pués de casi 2 meses de mi arribo a Sal­va­dor.

El barrio donde estoy viviendo, se llama «Vale das Pedrinhas», es una favela que tiene como pobla­ción a per­so­nas humil­des y caren­tes (60 mil hab aprox.). Per­so­nas, que a pesar de su caren­cia siem­pre están ale­gres, en su mayo­ría. Es mara­vi­lloso el color de piel que tiene los bahia­nos, una mix­tura de tona­li­da­des que van desde el negro cho­co­late hasta el blanco. El nombre del barrio, se debe a una anti­gua can­tera que tenía mate­ria prima para la cons­truc­ción de sus casas. Las casas son de mate­rial noble, tienen luz y agua y las fami­lias que tienen un mejor poder adqui­si­tivo tiene boni­tas casas, bien equi­pa­das y deco­ra­das. Las calles del «Vale» son lade­ras, unas más altas que las otras, nada es plano aquí. Esto es bueno, porque nos ayuda a ejer­ci­tar­nos. Nues­tro barrio, está rodeado de otros barrios que son pitu­cos o «shi­quis» como le dicen acá, es real­mente sor­pren­dente ver la dife­ren­cia social y eco­nó­mica tan cerca en un sólo pano­rama. La gente y los amigos de nues­tro barrio, son gente sen­ci­lla y amable, pero con mucho sufri­miento. Muchos de los niños no van a la escuela. Los jóve­nes y ado­les­cen­tes apren­den el tra­bajo fácil y la mayo­ría de las chicas ya tienen un hijo antes de los 18 años.

Tene­mos muchos amigos que hici­mos en la parro­quia Cristo Reden­tor, que queda a 5 min de nues­tra casa. Amigos que se man­tie­nen con los años, desde los anti­guos amigos de los niños, y amigos que se van haciendo en el día a día. Lo más impor­tante, es que tene­mos amigos de todas las edades y creen­cias. No sólo visi­ta­mos a los cató­li­cos, sino a los her­ma­nos de otras creen­cias, com­par­ti­mos con ellos nues­tra amis­tad tam­bién. A estos amigos los visi­ta­mos, como parte de nues­tra labor todas las tardes.

Actual­mente, en mi comu­ni­dad somos 4 amigos de los niños y siem­pre sali­mos de dos en dos para hacer las visi­tas. Estas visi­tas, se hacen todas las tardes de 3 pm a 6 pm aprox. Pasa­mos un tiempo con ellos, juga­mos con los niños y reza­mos el Rosa­rio. Mis her­ma­nos de comu­ni­dad, son tres jóve­nes fran­ce­ses: Astrid (27), Cyrilo (19) y Hen­ri­que (25) y muy pronto lle­gará Yes­se­nia, una chica de Chile de unos 22 años. Nues­tro día empieza muy tem­prano, a las 6:30 am. Reza­mos las laudes, des­pués tene­mos media hora de lec­tura. Inme­dia­ta­mente des­pués, es el desa­yuno y luego hace­mos una hora de ado­ra­ción diaria de manera indi­vi­dual. Por la mañana, tam­bién hace­mos los debe­res de la casa. Cada día, hay un res­pon­sa­ble de cocina, de lavar los platos, de diri­gir las ora­cio­nes, etc. Todos tene­mos dife­ren­tes tareas a rea­li­zar. Por la tarde, ini­cia­mos las visi­tas a las 3 pm. Regre­sa­mos a casa para rezar las vís­pe­ras a las 6pm ó 6:30pm y por la noche, antes de acos­tar­nos, reza­mos las com­ple­tas. Todos los días vamos a misa, ya sea por la mañana muy tem­prano o por la noche a las 7.00 p.m.
Una de las cosas que me gusta mucho en mi Punto Cora­zón, es que siem­pre tene­mos un invi­tado de nues­tro Barrio para el almuerzo. Esta pre­sen­cia de nues­tro amigo(a) o niño(a), hace que el tiempo de almuerzo tenga un matiz espe­cial. Porque tene­mos un tiempo para con­ver­sar y cono­cer más de él o ella y de su fami­lia. Tam­bién, sole­mos invi­tar a nues­tros amigos que están de cum­plea­ños. Al final del almuerzo, can­ta­mos el “Pa­ra­bens” o feliz cum­plea­ños y com­par­ti­mos una pequeña torta o un dulce. ¡No saben lo agra­da­ble que es ver la ale­gría que hay en los ros­tros de nues­tros amigos! ¡Hacen que nues­tra feli­ci­dad aumente!

El “Vale”, es un barrio con mucho sufri­miento. Hay sufri­miento desde el más pequeño hasta el mayor, muchos de los niños no son más niños. A veces tengo la impre­sión de que no los conozco toda­vía. Digo esto, porque un día esta­mos bien, hay una buena rela­ción de amis­tad, de diá­logo, de juego. Pero al otro día, su com­por­ta­miento es total­mente dife­rente: no me salu­dan, no quie­ren hablar con­migo y mucho menos quie­ren jugar. Esto me pro­duce tal dolor, que me hace pensar que la per­se­ve­ran­cia en la Fe y en la ora­ción, es la mejor medi­cina para esto. Real­mente es difí­cil y duro sentir esto y me hace afir­mar una vez más, que con mis pro­pias fuer­zas no con­se­guiré nada...

Aparte de las visi­tas que hace­mos en nues­tro barrio, tam­bién hace­mos apos­to­lado. Yo voy a un orfa­nato lla­mado “Lar Irma Bene­dita”, donde viven niños huér­fa­nos y/o aban­do­na­dos, son niños hasta los 10 años. Esta visita, la hace­mos todos los jueves por la tarde. Com­par­ti­mos con ellos nues­tro tiempo, amis­tad y dis­po­ni­bi­li­dad. Al inicio, fue difí­cil tam­bién aquí, porque los niños se enca­ri­ñan muy rápido y esto hace que al momento de la des­pe­dida, se pongan a llorar, no quie­ren dejar­nos ir. Pero con el tiempo, ellos se acos­tum­bran...

Otra de las cosas que me llamó la aten­ción, fue ver la gene­ro­si­dad de las per­so­nas. A 10 min a pie de nues­tra casa, hay un campo lla­mado “CEASA” que forma parte de un esta­cio­na­miento, donde cada martes a las 5:00 p.m. llega una camio­neta con 5 ó 6 ollas gran­des llenas de comida para las per­so­nas más pobres que viven en el “Vale”. No se sabe quién manda a pre­pa­rar esta comida, sólo sé que es una señora muy gene­rosa. Como se ima­gi­na­rán, vienen per­so­nas de todas las edades y muchos de ellos son niños que se ale­gran con nues­tra pre­sen­cia, y más aún, del tiempo de juego que tene­mos con ellos. Una de las frases que siem­pre escu­cha­mos es, «vuel­van siem­pre»... Esa frase que retumba en nues­tros oídos y nues­tros cora­zo­nes dicién­do­nos: «tengo sed», esa sed de amor, de aten­ción, de paz y ale­gría que muchos de estos niños no tienen. Muchas veces, hemos encon­trado ros­tros tris­tes y aba­ti­dos durante nues­tras visi­tas a nues­tros amigos, ros­tros que cam­bian sor­pren­den­te­mente des­pués del rezo del Santo Rosa­rio. Son ros­tros de espe­ranza y ale­gría por el momento com­par­tido con ellos, y siem­pre el tiempo es poco en cada una de ellas. Nues­tros amigos nos piden más, siem­pre más tiempo con ellos.

Para navi­dad, invi­ta­mos a un com­par­tir a nues­tra casa, a todos nues­tros amigos más solos o que no tienen fami­lia. Los espe­rá­ba­mos des­pués de la misa, a partir de las 10 p.m. Ahí tuvi­mos la pre­sen­cia pun­tual de doña Edith, es una anciana de 80 años aprox. Quien tiene mala cir­cu­la­ción en las pier­nas, las tiene hin­cha­das todo el tiempo, y que a presar de eso, no pierde la ale­gría en vivir. Tam­bién pasa­ron por nues­tra casa muchos jóve­nes que nos acom­pa­ña­ron por unos momen­tos.

Yo les agra­dezco una vez más, que­ri­dos padri­nos y que­rida fami­lia, por ese apoyo que me están dando. Les pido que no dejen de rezar, por la gente de mi barrio, por mi comu­ni­dad y por mí. Por las voca­cio­nes de amigos de los niños y por la gente linda de la obra Puntos Cora­zón. Como dice Santa Tere­sita, hasta la cosa más pequeña hay que hacerla con amor, el amor es todo. Pida­mos a Dios que nos enseñe a amar.
Un fuerte abrazo para todos y hasta pronto,

Lindsay

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