• 20 de abril de 2012
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Testimonio de María Laura en Argentina, Abril 2012

M. Laura junto a las niñas de la villa

En febrero del 2012, María Laura partió de misión al Punto Corazón de Buenos Aires - Argentina, ella nos comparte su experiencia:

Sin que me haya dado cuenta, ya han pasado dos meses desde que llegué a la villa en Argen­tina, la tierra del dulce de leche, la yerba, los alfa­jo­res, las empa­na­das, las pizzas, los “ches”... en fin, la tierra en donde el Señor me llama a vivir esta expe­rien­cia mara­vi­llosa. El Punto Cora­zón tiene el nombre del beato Carlos de Fou­cauld. Para llegar, es nece­sa­rio cami­nar por pasi­llos (o calle­jo­nes), algu­nos de estos muy angos­tos que me dan la impre­sión de andar por labe­rin­tos. Allí vivi­mos cinco Amigos de los niños: Anne-Sophie (Fran­cia), Peter (USA), Lesly (Perú), Denis (Fran­cia) y yo. A media­dos de mayo, espe­ra­mos a Nico­lás. Él viene desde Suiza para formar parte de nues­tra comu­ni­dad.

El barrio está ubi­cado al sur de Buenos Aires, al lado de un ria­chuelo lleno de vege­ta­ción pero muy con­ta­mi­nado; cerca a una ex fábrica mili­tar inmensa que hoy es un gran des­cam­pado lleno de vege­ta­ción y ruinas al que se le llama “El Quinto”.
Los pasi­llos, El Quinto, y el ria­chuelo son tres espa­cios en donde la droga está muy pre­sente. Es común ver a chicos desde 10 u 11 años a más fumando “Paco”, una droga que crea depen­den­cia muy rápi­da­mente y que por varios tes­ti­mo­nios de fami­lias del barrio, ter­mina des­tru­yendo la vida de muchos amigos y jóve­nes.

Mi primer día en la villa, mien­tras tomá­ba­mos desa­yuno vino un chico a salu­dar. Yo estaba de espal­das a la puerta, pero podía escu­char muy bien lo que decía. “¿Me das un pan?”- pre­guntó. Rápi­da­mente los chicos me expli­ca­ron en fran­cés que a este chico no podía­mos dejarlo entrar a casa ya que últi­ma­mente tenía acti­tu­des muy vio­len­tas, estaba muy metido en las drogas y hacía unos meses había entrado al Punto Cora­zón para robar.

La voz que él tenía me sonó extraña, no muy clara, así que me di vuelta para verle el rostro y cono­cerlo. Es bajito, de unos 15 años, rubio y le dicen Polaco. Tenía los ojos irri­ta­dos y la mirada per­dida, no podía sos­te­nerse en pie y se col­gaba con las manos de la reja de entrada mien­tras tam­ba­leaba de un lado al otro. Los chicos me con­ta­ron que su madre se pros­ti­tuía y robaba. Los jueces ya le habían qui­tado la cus­to­dia de casi todos sus hijos y Polaco vivía en las calles de Pom­peya, un barrio cer­cano al nues­tro en donde él tam­bién robaba y se dro­gaba.
Hace poco volvió a pasar por casa mien­tras hacía­mos la lim­pieza de la cocina con Sophie. Pidió que le invi­tá­ra­mos un té y pan­cito. Mien­tras comía me pre­guntó: “¿Cómo está mi ojo?”. Lo tenía morado e hin­chado, como si le hubie­sen dado un golpe. “Lo tienes mal”-le dije- “¿Qué pasó?” Me miró y me explicó que le había metido un puñal a un “pibe” en el vien­tre y des­pués de que yo le pre­gun­tara porqué lo hizo me res­pon­dió “Por­que quería”.

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Capilla del Punto Corazón

Cura es mucho mayor que Polaco, tiene unos 30 años pero tam­bién está muy metido en las drogas. Es muy amigo del Punto Cora­zón. Él pasó por casa un día de des­canso, cuando nos encon­trá­ba­mos Denis, Sophie y yo en casa para con­tar­nos que esa noche pen­saba fugarse. Su madre le había adver­tido que al día siguiente lo inter­na­ría junto a una vecina en un hos­pi­tal psi­quiá­trico. “No quiero ir”, nos decía. “Ya perdí todo, pero no puedo dejarla. He per­dido a mi mujer que ya no quiere verme, a mi hijo y pronto voy a perder a mi fami­lia, pero no quiero ir. Esta noche me voy de casa, ya tengo todas mis cosas listas”.

Un día, regre­sando a casa des­pués de com­prar el pan a unas cua­dras de casa, decidí tomar la ruta más larga de pasi­llos para llegar. Eran las siete y media de la mañana y al inicio del pasi­llo ancho en donde está ubi­cado el Punto Cora­zón, está el sitio en donde los chicos se reúnen para fumar paco. Esta vez, a medida que me iba acer­cando, iba reco­no­ciendo a Jesús, un chico de unos 25 años. Tenía la “re­mera” (el polo) ensan­gren­tado y en la frente una herida. Él estaba sen­tado sobre su moto pren­dida y no dejaba de mirarme. Tenía los ojos borro­sos y tris­tes, tenía cierta expre­sión de angus­tia.

Polaco, Cura y Jesús vienen de una rea­li­dad dura, viven una rea­li­dad dura. Ellos mismos se saben presos de la vio­len­cia de la droga y vienen al Punto Cora­zón para ense­ñar­nos a cum­plir nues­tra misión. Per­so­nal­mente, me tocó ver más allá de la simple mirada de aque­lla mañana, más allá de las haza­ñas que rea­li­za­ron o que esta­ban a punto de rea­li­zar cuando nos las con­fia­ban. Así des­cu­bro poco a poco lo que sus cora­zo­nes gritan. Piden ir más allá de ver sola­mente lo que viven; piden, quizás sin querer, que sólo los escu­che­mos, que solo los mire­mos, que les haga­mos saber que esta­mos ahí para pres­tar­les aten­ción, para mirar­los con amor, que los acom­pa­ñe­mos en esto que viven, que les demos­tre­mos que sí tienen a alguien dis­po­ni­bles para ellos, aunque a mí a veces me cueste esta dis­po­ni­bi­li­dad que requie­ren.

Y no son solo ellos los que nos quie­ren dis­po­ni­bles. Son todos nues­tros amigos del barrio. Los niños vienen todos los día a pedir que los deje­mos pasar, aunque sea solo para que “estén” dentro de la cocina, piden que nos deje­mos ayudar por ellos a la hora de coci­nar para estar juntos, o tam­bién a la hora de comer, a la hora de rezar o a la hora de jugar... Ellos piden que les invi­te­mos un vaso de agua todo el día, a dis­tin­tas horas, no porque ésta sepa dis­tinto que la de sus casas, sino porque nos nece­si­tan dis­po­ni­bles, pre­sen­tes.

Cuando Can­dela, Tiziana o More­nita me llaman y me piden que me acer­que a la reja porque “tie­nen algo impor­tante que decirme” empie­zan:

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Morenita

“Este...coso… ¿qué te iba a decir?....este….coso”. Lo entiendo. No es que tengan algo que decirme, es que sola­mente nos quie­ren dis­po­ni­bles, y con esta dis­po­ni­bi­li­dad noso­tros solo que­re­mos demos­trar­les nues­tro amor.

Todas las expe­rien­cias que vivo cada día, todos los amigos nuevos que conozco cada día, todas las visi­tas que hago con mis her­ma­nos de comu­ni­dad cada día, todo el tiempo de ora­ción que dedico cada día son teso­ros. Son rega­los inmen­sos que Dios me da, que me ense­ñan un poco más de lo que es la entrega, de lo que es el amor, rega­los que me hacen muy feliz.

Quiero tam­bién agra­de­cer­les a todos uste­des por sus ora­cio­nes, por sus com­pro­mi­sos, por sus apa­dri­na­mien­tos.
¡Que Dios los ben­diga siem­pre y que la Vir­gen­cita guíe sus pasos!

María Laura

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