• 17 de julio de 2012
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Testimonio de María Laura en Argentina, Julio 2012

María Laura y Rodrigo (amigo del Punto Corazón)

A cinco meses de misión en Buenos Aires - Argentina, María Laura nos comparte su experiencia:

Como sabrán, además de las tardes de juegos que compartimos cada día con los niños, llamadas “permanencias”, en las que uno de nosotros se queda en casa para encargarse de llevarlas a cabo, y además de las visitas que hacemos cada tarde a nuestros vecinos para charlar con ellos, a las que vamos de a dos; hacemos los “apostolados externos”, de los que les quiero hablar en esta segunda carta.

Cada jueves visitamos la sala de pediatría en el hospital de infectología en la capital. Ahí encontramos niños desde 0 a quince años que, infectados con el VIH, reciben un tratamiento y quedan internados por un tiempo determinado. En casi todos los casos que conocemos, la enfermedad ha sido transmitida por los padres.

Cuando recién empecé a ir a este apostolado, quedé un poco desconcertada. La tarde con ellos pasaba rápido entre juego y juego y no entendía qué frutos podría tener nuestra visita en ellos y en mí al aparentar ser algo pasajero. Es un panorama bastante duro y complejo. Encontré niños con mucha vitalidad, dispuestos a todo, niños cansados, niños con la mirada perdida, vacía, desconcertada. Como yo al principio. Sin embargo, después de haber visitado varias veces, hay rostros que se me hacen familiares y son quienes me han enseñado a valorar aquello que se me hacia pesado al principio. Un día, cuando me tocó ir, la tarde pasó tranquila. Me dedique a jugar, conversar, reír un ratito con ellos. Cuando iba de salida, me despedí de todos. Fue casi imposible salir de la sala. Tenía dos pequeñitos amarrados a mis pies, otro a mi cuello, por mi espalda, otro que corría y cerraba la puerta. Lesly, mi hermana de comunidad con la que fui ese día, estaba igual. Cuando logramos zafarnos de sus brazos, sus besos, sus abrazos locos y llenos de euforia caminamos hacia la salida por el patio trasero al pabellón. Los gritos de los niños desde la ventana se oían con miles de “Chaus” y sus manitos que se batían por encima de sus cabezas no permitieron que pasara este momento sin que yo misma quedara impresionada. ¡Cuánto les habíamos dejado! ¡Cuánto me dejaron ellos a mí! Este momento que pasamos había sido aparentemente ordinario, pero profundamente extraordinario. Fue sólo el intercambio de amor y de dedicación el que valía. Encima de sus camillas de hospital se encontraba un niño enfermo, agobiado, aburrido. A la hora del juego encontraba un corazoncito de niño, dispuesto a dar todo por este instante de presencia que veníamos a ofrecerles, que en ellos cala para sus instantes de alegría.

Fue un remezón para mí. No debo dejar aquello que no me gusta hacer sólo porque no me siento cómoda, sino que debo dar más, aunque no conozca los frutos, Dios actúa por medio de cada instante y mucho más grande es ver una sonrisa en el rostro de un niño que sufre de una enfermedad tan difícil, compartir esta alegría que hasta en los momentos complicados se deja expresar y vivir.

María Laura

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