• 8 de septiembre de 2010
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Testimonio de Mayra, Brasil, Julio 2010

Mayra y Erna, Brasil, Julio de 2010

Des­pués de cuatro meses de misión en Sal­va­dor da Bahía, Brasil, Mayra nos com­parte nuevos encuen­tros:

Como ya les tenía ade­lan­tado hace dos meses comen­za­mos un nuevo apos­to­lado en un silo, donde viven alre­de­dor de veinte ancia­nos. La mayo­ría tiene fami­lia­res que regu­lar­mente los visi­tan; cada miér­co­les vamos al «Lar Fra­terno» para pasar algún tiem­pito con ellos, en este lugar encon­tré a muje­res mara­vi­llo­sas que en cada encuen­tro marcan mi vida, no solo por las tantas his­to­rias que escu­cho sino tam­bién por la ale­gría que pro­duce en mi cora­zón ver en ellas a mi abue­lita Isabel!!

Entre estas per­so­ni­tas están dos mujer­ci­tas que me hacen ver la vida de un sen­tido mara­vi­lloso, Erna es una ale­mana que llegó al Brasil hace cua­renta años huyendo de la guerra con su marido polaco y comenzó una nueva vida en Saõ Paolo. A ella siem­pre la encon­tra­mos en su cuarto, a un inicio sim­ple­mente com­par­tía­mos algu­nas frases, pero ahora cada vez que lle­ga­mos nos recibe con una son­risa her­mosa y un gran abrazo, dicién­do­nos siem­pre que nos estaba espe­rando. En ella aprendí lo difí­cil que es vivir en otro país con una cul­tura dife­rente, tener que tra­ba­jar para una casa de judíos cuando por his­to­ria les tenía un cierto repu­dio, pero lo que hace Dios que nos enseña a amar hasta al que menos pen­sa­mos.

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Mayra y Julieta, Brasil, Julio de 2010

Tam­bién está Dona Julieta, bra­si­le­rí­sima, que con su manera par­ti­cu­lar de contar sus his­to­rias nos alegra siem­pre, ella repite cada 20 minu­tos la misma his­to­ria, tiene pro­ble­mas de memo­ria a corto plazo y siem­pre nos ter­mina con­tando lo mismo: que tra­bajó 30 años en el Hotel de Bahía y tuvo la suerte de jubi­larse ahí. Hay momen­tos en los que cansa un poco escu­char siem­pre lo mismo pero al ins­tante me doy cuenta que en su repe­ti­ción con­ti­nua está una mujer que solo busca ser escu­chada en su inca­pa­ci­dad por comu­ni­car más y lo hace con un simple abrazo o una son­risa. Ya qui­siera yo repe­tir cada veinte minu­tos como soy de afor­tu­nada con lo que Dios me da en cada ins­tante.

Mayra

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