• 22 de mayo de 2009
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Testimonio de Rommy

Rommy con sus queridos Napolitanos

Rommy viene de Barrios Altos (Lima) y fue misio­nera en Nápo­les, Italia, en 2007-2009. Aquí está un extracto de su última carta a los padri­nos.

Nunca pensé que en este tiempo fuera capaz de encon­trar per­so­nas que real­mente ter­mi­nan siendo tus amigos, que te quie­ren y te apre­cian con todo el cora­zón. Y durante estos catorce meses he encon­trado amigos que, como dice Padre Thie­rry de Roucy, a lo mejor no vol­veré a ver con esta coti­dia­ni­dad pero que de verdad quedan plas­ma­dos en mi cora­zón. Como Rosa­ria, nues­tra amiga del cuarto piso, com­pa­ñera de com­pras y de jala­das en su carro para lle­varme al Rosa­rio, al banco o al correo, ella siem­pre me dice «perua» (para decir peruana). O como Anna y Lelo, la “su­cur­sal Puntos-Cora­zón”, quie­nes al verme me dicen «ciao gioia» (hola ale­gría); o Señora Linda cuando me llama «Rommy Rommy», ella es nues­tra «nonna» (abuela) quien siem­pre nos invi­taba a almor­zar a su casa y nos daba lo mejor; o Angelo, nues­tro can­tante, un joven del barrio que con cariño nos decía­mos «ciao shemo» (hola tonto) con él y su fami­lia hici­mos una linda amis­tad. O Ciro, el esposo de Anto­nieta que siem­pre me decía «ti voi a tagliare la cappa» (te voy a cortar la cabeza) porque una vez nos ayudó a llevar a señora Linda al hos­pi­tal y él estuvo con noso­tras todo el día sin comer, desde enton­ces nos hici­mos muy amigos con su fami­lia.

O mi gran amigo Vit­to­rio que cada domingo me reci­bía con una son­risa y un fuerte abrazo y me decía «ommi», cuando lo venía­mos a buscar para ir a misa. O a mis que­ri­das abue­li­tas del asilo Villa Russo, como María que cada vez que entraba a su cuarto me decía «figlia mia» (hija mía) o a nues­tra recor­dada Vicenza que siem­pre nos decía «ciao gio­gie­llo». Todas estas son sim­ple­mente expre­sio­nes de amor, peque­ños gestos que se quedan gra­ba­dos en mi cora­zón y me hacen darme cuenta que cuando uno encuen­tra ver­da­de­ra­mente una per­sona, un amigo, lo encuen­tra para toda la vida; porque para mí deja­ron de ser las pobres abue­li­tas o las per­so­nas que iba a visi­tar, sino que viví sim­ple­mente con y como ellos, com­par­tiendo nues­tras ale­grías, nues­tras tris­te­zas, nues­tras preo­cu­pa­cio­nes, nues­tros deseos.

Son tantas per­so­nas que de una u otra manera se quedan con­migo para toda la vida, creo que la lista es muy grande como dice la frase de Pedro Casal­da­liga: «Al final del camino se me pedirá: ¿has vivido? ¿has amado? Y sin decir una pala­bra abriré mi cora­zón... lleno de nom­bres.» Así es como al final ter­mino mi misión, todo queda gra­bado en mis ojos, cada per­sona, cada lugar cono­cido, cada cosa vivida. A lo mejor está carta parece una lista de cosas que he apren­dido o mejor dicho que he vivido, pero sólo les puedo decir como se les dije en una ante­rior carta, es que Puntos-Cora­zón es para mí una gran escuela, en donde sobre todo se aprende a Amar, pri­mero a uno mismo con todo lo que es y segundo a amar cada cosa que vivo y cada per­sona que encuen­tro.

Ahora sólo puedo pedir a Cristo que me ayude a no olvi­darme porque sé que ahora más que nunca es cuando empieza mi misión, en mi vida diaria, mis amigos, mi fami­lia, mi tra­bajo. […] Lo que he vivido no es un parén­te­sis en mi vida, como algo que inicia y ter­mina, sino que justo me ha ayu­dado a reva­lo­ri­zar todo lo que ya tenía en Lima y que todo lo que he vivido se queda con­migo para toda mi vida y me acom­paña en este nuevo inicio.

Rommy



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