• 15 de febrero de 2012
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Testimonio de fin de misión de Hugo en Brasil, Enero 2012

Hugo y comunidad con los niños del orfanato en la Fazenda Do Natal

Des­pués de 6 meses de misión con Puntos Cora­zón, Hugo nos com­parte su expe­rien­cia en La Fazenda Do Natal - Brasil:

“¿Qué es lo que este sufri­miento hace para nues­tro “yo”, nues­tro ego? El nos
trans­forma, nos hace madu­rar y nos enseña. El dolor ayuda a lim­piar el cora­zón y a
pre­pa­rar el camino del Señor para que Él pueda andar en él sin tro­pe­zar"
(Cath­e­rine de Hueck)

A una semana de acabar mi misión de 6 meses, tengo emo­cio­nes encon­tra­das. Feliz de regre­sar a casa y triste de dejar amigos mara­vi­llo­sos con los que com­partí esta expe­rien­cia.
En este tiempo, aparte de mis días de tra­bajo aquí, tuve dos apos­to­la­dos fuera de la Fazenda. El pri­mero fue en Boca da Mata, un pueblo muy cer­cano a la Fazenda donde Padre Arnaud fue enviado por el Obispo de nues­tra Dió­ce­sis para cele­brar Misa todos los sába­dos.

Boca da Mata es un poblado pequeño, donde los habi­tan­tes no tienen muchas opcio­nes de tra­bajo. Puede verse a toda hora gente en la calle, sin mucho que hacer, dejando entre­ver su tris­teza. Otros en un bar, gas­tando el tiempo con la bebida y la música a todo volu­men. Nor­mal­mente lle­ga­mos alre­de­dor de las 3 de la tarde para visi­tar algu­nas fami­lias y amigos que fre­cuen­tan la Igle­sia. Allí cono­ci­mos a Doña Luz, quen se ocupa de ella, y quien nos acom­pañó a cono­cer a las per­so­nas del pueblo. En una de esas visi­tas lle­ga­mos a la casa de Eliane, a quien ya cono­cía­mos de la parro­quia. Ella nos pre­sentó a su fami­lia, sus padres y tres her­ma­nos que viven con ella: Luiz, Edi­leine y Paulo. Así, poco a poco, fuimos hacién­do­nos más amigos de esta

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En la Fazenda Do Natal

fami­lia. Siem­pre en las visi­tas nos invi­tan con rico café y nos rega­lan cocos de su hacienda para llevar a casa. En una de estas visi­tas encon­tra­mos a Luiz bas­tante enfermo. Ahí fue que nos con­ta­ron algo más de lo que ya podía­mos adver­tir con solo verlos (ellos son enanos). Los cuatro her­ma­nos com­par­ten una enfer­me­dad que pro­voca que sus huesos, a medida que van pasando los años, se vayan defor­mando. Sus pies se tuer­cen hacia aden­tro y les difi­cul­tan hacer su vida nor­mal­mente. Pero allí están ellos, ven­ciendo las difi­cul­ta­des, apo­yán­dose en un pequeño bastón y siguiendo con sus acti­vi­da­des coti­dia­nas. Paulo, que es el más joven, gra­cias a Dios toda­vía puede tra­ba­jar, y ¡vaya si su tra­bajo es duro! El rea­liza el tra­bajo del campo, cuida el ganado, maneja el trac­tor y hasta monta a caba­llo. Así ayuda a toda la fami­lia, ya que sus padres ya están ancia­nos.

A pesar de todas sus difi­cul­ta­des ellos no pier­den la Fe en Dios, y la ale­gría de seguir viviendo a cambio de cerrarse sobre sus penas ellos se mues­tran ale­gres, con­ta­gian opti­mismo a pesar de saber que su pro­blema va en aumento. Sin embargo son un ejem­plo para todos noso­tros, que a veces nos que­ja­mos por peque­ñe­ces.
Esta es una de tantas his­to­rias de vida que pude com­par­tir en este poblado, pero hay muchas otras, como la de Doña Maura, que recien­te­mente quedó viuda, y a quien tra­ta­mos de ali­viar en su tris­teza con nues­tras visi­tas. Y todas las veces, el balance es simi­lar: vamos a ali­viar y somos ali­via­dos. Vamos a acom­pa­ñar y ter­mi­na­mos siendo acom­pa­ña­dos. Que­re­mos llevar amor y ter­mi­na­mos reci­biendo mucho más de este amor. El otro apos­to­lado que tuve fue en el Orfa­nato de Simoes Filho. Allí viven entre 40 y 50 niños y niñas de dife­ren­tes edades, entre algu­nos
meses y 15 años. Niños que han sufrido la vio­len­cia en sus hoga­res, aban­dono de sus padres, etc. Uno puede obser­var al verlos, puede notar en sus cuer­pe­ci­tos las hue­llas de todas estas duras expe­rien­cias. Algu­nos mor­di­dos por ratas, pica­dos por insec­tos, malnu­tri­dos, enfer­me­da­des de la piel, pará­si­tos… Cuando uno llega al orfa­nato los niños lo reci­ben a uno feli­ces de tener una visita ya que, nor­mal­mente, nadie lo hace. Noso­tros sim­ple­mente vamos a com­par­tir un momento con ellos,
jugar, dibu­jar y pintar, cantar, cosas sim­ples que todos los niños hacen y que ellos tam­bién desean hacer.

Mis visi­tas a este orfa­nato me hicie­ron sentir tan inútil, inca­paz de hacer más cosas por ellos. Pero tam­bién acer­carme más a Dios ya que sólo Él puede dar una res­puesta ante tanto sufri­miento. Por con­tar­les una anéc­dota, un día nos acom­pa­ña­ron dos jóve­nes fran­ce­ses que que­rían cono­cer el tra­bajo de Puntos Cora­zón. Pau­linho pedía algo a uno de ellos Por la difi­cul­tad del idioma y él mismo que no enten­día al niño, deci­dió pre­gun­tar qué era lo que pedía el niño. Enton­ces le res­pondí que sólo quería que lo tenga en brazos y lo abrace, porque eso es lo que en gene­ral ellos piden Otro de ellos, Agus­tinho, como somos pocos los que visi­ta­mos, se pone celoso cuando abra­za­mos a otro, y le pega, lo agrede para ocupar su lugar. Espero que con estos rela­tos uste­des puedan saber lo impor­tante que fue su ayuda para que estas peque­ñas per­so­nas reci­ban algo de lo que tanto nece­si­tan. Y que yo mismo he sido solo un punte, un ins­tru­mento para que uste­des se acer­quen hasta su rea­li­dad. ¡Gra­cias y Dios ben­diga a uste­des y sus fami­lias!

Hugo


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