• 27 de enero de 2013
es

Un año humano

María Laura en Buenos Aires, Argentina.

de P. Thie­­rry de Roucy

Hace poco, un amigo japo­­nés, a su regreso de Tokio, nos con­­taba que en estos días sus amigos evi­­ta­­ban desearle un “buen año”, temiendo que éste sea peor que el pre­­ce­­dente, en el cual se habían deseado mutua­­mente que sea “bueno”.

¡Hasta qué punto este deseo de un “buen año” puede ser ambi­­guo! A menudo es para noso­­tros sinó­­nimo de logros de todo tipo, o al menos de ause­n­­cia de catá­s­­tro­­fes, de dese­­m­­pleo, de enfe­r­­me­­dad, de mise­­rias, de pri­­sión, de pri­­va­­ción de la fami­­lia…

En gene­­ral se puede decir que desear un buen año a alguien sig­­ni­­fica soñar para que se rea­­lice todo lo que él pueda desear: tener una buena salud, un tra­­bajo que le inte­­rese, una fami­­lia que le dará sati­s­­fa­c­­ción, bienes sufi­­cie­n­­tes para vivir, la posi­­bi­­li­­dad de rea­­li­­zar viajes. En el sen­­tido inverso, es tam­­bién desear a alguien que le sea evi­­tado catá­s­­tro­­fes, enfe­r­­me­­da­­des, dese­­m­­pleo, fra­­ca­­sos afe­c­­ti­­vos, depre­­sión…

Para mí, un «buen» año es un año que per­­mita a cada uno crecer en lo que es ese­n­­cial para su huma­­ni­­dad: su capa­­ci­­dad de mara­­vi­­llarse delante de la rea­­li­­dad, su volu­n­­tad de darse a sí mismo, de ofre­­cer su sufri­­miento, de unirse a Cristo... Un «buen» año será tal vez un año duro, tajante, o hasta cruel, pero será un año en el que per­­ma­­ne­­ce­­re­­mos de pie en la espe­­ranza, fue­r­­tes en la fe, fieles en el amor. Un año donde ace­p­­ta­­re­­mos dis­­mi­­nuir para dejar que Dios crezca en noso­­tros.

¡A todos les deseo un muy “buen” año! ¡Un año muy humano!


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