• 23 de septiembre de 1991
es

«Y María estaba ahí, de pie...» (1991)

Nuestra Señora de la Compasión
Misa de envío, Ourscamp, 15 de septiembre de 1991

Queridos Amigos de los niños,
Amados hermanos y hermanas,

Pura coincidencia: su envío en misión tiene lugar el día de una fiesta que, aunque debería quedar suprimida por la celebración dominical, aclara perfectamente su misión: ¡Es la fiesta de Nuestra Señora de los Dolores o, como dicen en Oriente, la fiesta de la compasión de María! Esta fiesta habla tan fuerte de nuestra misión que la instituyo hoy, fiesta patronal de la Obra Puntos Corazón.

No les pido otra cosa que reunirse con María a lo largo del Via Crucis, María al pie de la cruz de su Hijo. No reunirse de manera física -¡eso qué importa!- sino ir a habitar su corazón, ir a vivir en su corazón. La misión de un Amigo de los niños, no es otra que la de permanecer al pie de los barrios carenciados del mundo, de todas las miserias del mundo para «sufrir con», para consolar, para ofrecer la más dulce sonrisa del amor. Es, según la maravillosa expresión del Papa Pablo VI, «Estar en el centro de la Iglesia como un manómetro, un instrumento sobre el cual se repercuten las presiones, las llagas del cuerpo de Cristo, digamos mejor: de la humanidad que sufre». Y «estamos seguros que esta larga pasión de los hombres es consolada por nuestra compasión» (27 de Marzo 1964).

María permanece ahí. Y nosotros nos asombramos de su pasividad y a la vez de la extraordinaria intensidad de su presencia. La representan de rodillas al pie de la cruz, lloriqueando, abatida. El apóstol Juan, verdadero testigo de este misterio inefable, nos dice que ella está de pie y nosotros no podemos imaginarla de otra manera. Ella se torna hacia el corazón de su Hijo como para recoger en el vaso de su alma toda su sangre. Ella se torna hacia sus ojos como para entrar en su alma, se torna hacia su boca como para no perder nada de su grito, como para recoger el último silencio del Verbo. Ella vive con Él una unión en el sufrimiento, una unión en el amor, que no es otra que la perfección de la compasión.

No hace nada, no grita, no sacude a los guardias para que lo descuelguen, Ella entra plenamente en los designios de Padre y consuela a su Hijo por el simple amor de su corazón y ninguna otra cosa habría podido consolarlo tanto. Su esperanza es total.

No hace nada. Y a la vez, nada es más eficaz para el Hijo que la plenitud de su presencia. No dice nada. Y a la vez nada expresa más su amor que esa mirada inmensamente tendida hacia Él que lo consuela infinitamente. María calla y no hubo jamás una declaración de amor más verdadera, más fuerte que ese silencio de la cruz. María calla y no hubo jamás una unión más fuerte que ésa. Su silencio es la ofrenda perfecta de todo su ser, es el abandono total. Cristo herido se libera a la Iglesia en su inocencia. La Iglesia, en María se abandona perfectamente a su Esposo en una entrega total a su voluntad: «Fiat voluntas tua». Y esta unión, en silencio, sin siquiera el más mínimo gesto, es la más fecunda de todas las uniones.

Van a partir, muy queridos Amigos de los niños. Sea que vayan a la India, a Colombia o a Rumania, este viaje los conduce al mismo destino: los conduce al Gólgota. Intentamos enseñarles el lenguaje de los niños hacia los que van a elevar sus miradas, pero no les pedimos de antemano una palabra. Les pedimos una presencia que sea elocuente. Les pedimos una mirada consoladora. Les pedimos un abandono total según las bellas palabras del mártir libanés, Genadios Mourany, les pedimos que «todos sus proyectos de apostolado se reduzcan a vivir del amor». Y verán que con poco basta, cuando hay amor -un amor violento, un amor de cada instante, un amor lleno de delicadeza- para consolar a los que «la suerte» echó a vivir en condiciones tremendas, infrahumanas, hasta incluso infrabestiales. Acuérdense del grito de Doña Gertrudis –nuestra amiga del basural del Lixo, en Salvador: «Aunque revolvemos la basura, no somos ni perros, ni cerdos, somos hombres. Dios no nos rechaza. ¿No tenemos nosotros un corazón?» Ustedes no harán más que repetir esto a todos los que, contrariamente a Doña Gertrudis, lo han olvidado.

Les suplico no pierdan ninguna ocasión de mirar con amor. Les suplico «exageren el amor», como lo dice una vez más Pablo VI, les suplico no guardar distancia, sino acercarse bien próximos a la cruz de nuestros amigos, juxta crucem, ahí bien cerca de ella, tan cerca que los que están colgados tengan la impresión de que ustedes están colgados con ellos, que su suerte está irremediablemente ligada a la suya. Y, en efecto, lo es porque es la misma sangre que corre en nuestras venas: la sangre del Dios salvador; ella lo es porque somos hermanos de manera inaudita. No hay nada más cerca de un hombre que otro hombre porque no hay nada más cerca de un hombre que Dios. No hay nadie más cerca de un hombre herido que otro hombre herido porque no hay nadie más cerca que Dios que se hizo hombre para unirse a todas las heridas del hombre.

Ir hasta el Gólgota con María, es finalmente vivir una misa constante. ¡Cómo la Eucaristía deberá ser el centro de su casa, de su vida, de su corazón! Permítanme citarles este bello pasaje de una carta de Isabelle, una Amiga de los niños, que explica muy bien el rol de la adoración en cada una de nuestras casas:

"La adoración es muy importante para ponerse en manos de Dios, y más todavía cuando se trata de una comunidad contemplativa.

Cuanto más ’contemplo’ más lo encuentro ’bajo las especies del niño’; más lo contemplo y más lo busco en los que encuentro, y más se me revela en el corazón mismo de la miseria.

Más lo contemplo y encuentro más bellos a los que encuentro, infinitamente amados, infinitamente llamados a conocer su dignidad.

Más lo contemplo y más me siento infinitamente amado, y sólo aquellos que se saben infinitamente amados pueden dar testimonio; manifestar, con toda libertad, el amor infinito a los que lo buscan.

Más lo contemplo, y más me vuelvo verdadero instrumento de misericordia, de compasión y de consolación.

Aquí, no tenemos necesidad de tal o tal Amigo de los niños, pero sí de Cristo.

Entonces, si puedo dejarme invadir de su presencia a fuerza de contemplarlo, podré verdaderamente servir a los niños dejando que mis brazos se vuelvan los suyos, que mi mirada se vuelva la suya...

Y todo eso, no es planear a 15.000 metros, al contrario. Es terriblemente concreto, hasta las más pequeñas cosas."

Y esos tiempos de adoración cotidiana que, con María, tomarán diariamente, los prepararán al sacrificio de la misa donde entregarán a Dios las miserias de los hombres, sus propias miserias y donde dejarán al Señor transfigurar sus vidas, transfigurar la existencia de los que están cerca de ustedes. Verán entonces que sus barrios próximamente no serán más barrios de miseria una parte del Reino de los cielos comenzará a manifestarse en ellos, porque el amor será vivido como se vive en el cielo y quizás, después ustedes mismos no aspirarán más a vivir en bellos palacios si son habitados por la indiferencia y la frialdad... ¡Verán cómo una mirada alcanza el fondo de los corazones y transfigura nuestra visión del universo!

Queridos Amigos de los niños, estos barrios pobres se convertirán en el Reino porque ustedes descubrirán y adorarán la presencia de Jesús, porque suplicarán la presencia de María, como lo ha hecho remarcablemente una Amiga de los niños junto a Suely:

«Volvemos, Suely y yo, de visitar a Geraldo en el hospital. La invito a la misa. Ella acepta contenta a pesar de su fatiga. Muy emocionada a lo largo de la celebración eucarística, llora en dos momentos. A la salida de la misa, se desploma sobre una silla, víctima de calambres estomacales terribles. Diagnóstico fácil: ’fame’ (hambre). Antonieta, médica de la parroquia, le inyectará un calmante antes de llevarla a su casa. Mientras tanto, ella grita y gime de dolor: ’¡Oh, meu Deus! ¡Oh Mahia!’ Desde la hospitalización de Geraldo, no come más nada, y anteriormente solo comía pan y café... Entonces, yo la tomo en mis brazos, ella acurruca su cabeza en mis espaldas. Tenemos la misma edad, ella aparenta 15 años más. Yo me acuerdo siempre de su grito: ’¡Oh, Mahia! ¡Oh Mahia!’ Mientras tanto yo me acuerdo de su segunda carta a los Amigos de los niños sobre el Rosario: ’Ustedes han deseado ir donde, a veces sólo la presencia de una madre es soportable...’ ’¡Oh, Mahia!’ No es más el tiempo de largos discursos sobre el hambre, no es más el tiempo de largos rezos, es el tiempo de gritar. Tengo la impresión de tener un niñito en mis brazos. Bajo mis dedos, siento esta mujer torcerse de dolor, sus lágrimas mojan mi cara y mi corazón vibra con su grito. Con Suely, yo llamo a María, yo grito: ’¡Oh Mahia... Mahia... Mahia..’.»

Y la Madre permanece de pie.

No lo podemos dudar.

Con la Madre de todo hombre, permanezcan de pie junto a todo hombre para decirle que es infinitamente amado.

Padre Thierry de Roucy

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