• 13 de septiembre de 2013
es

“Yo almorcé con el Papa”

Mar­celo Galeano, argen­tino, ex-misio­nero del Punto Cora­zón de la Sagrada Fami­lia (Bahia, Brasil) en 2009-2010, tra­bajó en el sector de tra­duc­cio­nes de la JMJ Río y fue uno de los 12 jóve­nes que almor­za­ron con el Papa Fran­cisco. El nos cuenta sus impre­sio­nes sobre este almuerzo fuera de lo común.

Mar­celo, ¿cómo fue esta almuerzo con el papa Fran­cisco?

Ha sido algo muy simple y al mismo tiempo bien intenso. Éramos 12 jóve­nes de dife­ren­tes partes del mundo, la mayo­ría tra­ba­jando en el COL (Comité Orga­ni­za­dor Local). Fue bien simple, un pastor, un padre. Lo pri­mero que hizo lle­gando fue salu­dar­nos per­so­nal­mente, como si ya nos cono­ciera. Des­pués nos sen­ta­mos y dijo: «pueden hablar de lo que quie­ran, hacer las pre­gun­tas que quie­ran, es el momento. Y si hay algo con lo que no están de acuerdo en lo que voy a decir, enton­ces díganlo. Yo vengo tam­bién a escu­char sus opi­nio­nes y lo que uste­des pien­san.»

¿Cómo comenzó el encuen­tro?
Cuando él llegó nos fuimos pre­sen­tando y en el momento de sen­tar­nos cada uno pudo hablar un poco de sí mismo, de dónde venía, lo que había hecho. Lo que a él le inte­re­saba era saber «cuál es su com­pro­miso en el seno de la Igle­sia», enton­ces le dije que yo estuve de misión con Puntos Cora­zón, y es ahí que, como acor­dán­dose de nues­tro movi­miento dijo: «Ah si, Puntos-Cora­zón…», y yo le hablé tam­bién de mi camino desde de la escuela hasta el COL.

¿De qué habla­ron des­pués, durante el almuerzo?
De todo. Algu­nos temas habían sido ya abor­da­dos el jueves y en sus audien­cias pri­va­das. Retomó tam­bién puntos que iba a desa­rro­llar luego en la vigi­lia del sábado y en la misa final. El nos dijo de su preo­cu­pa­ción por los jóve­nes, por el camino que ellos reco­rren hoy en día. Tam­bién nos habló del cambio en la Igle­sia, de lo que debe cam­biar, y nos escu­chó mucho, estaba preo­cu­pado por noso­tros.

¿Habló de la reforma de la Igle­sia?
Dijo que eso va a tomar tiempo. Pero que «no es sólo una cues­tión de cambio de estruc­tura, es más un cambio de men­ta­li­dad». El habló de lo que iba a decir­les a los obis­pos, que ellos no debían tener «la psi­co­lo­gía de prín­ci­pes», que ellos debían «salir y tener un cora­zón más pas­to­ral», y no que­darse en la sombra sin moverse más. Noso­tros le diji­mos que sen­tía­mos un cambio entre Bene­dicto XVI y él, un cambio nota­ble y le pre­gun­ta­mos cómo a través de la his­to­ria de la Igle­sia, los con­ci­lios, los papas, cómo dis­cer­nie­ron lo que debía cam­biar, lo que había cam­biado ya, lo que se había per­dido y lo que se había cam­biado.
Pri­mero habló de la con­tri­bu­ción de Bene­dicto XVI en el estu­dio de la rela­ción entre fe y razón, cuan impor­tante ha sido y que el tam­bién iba a con­ti­nuar en esa vía
Luego agregó: «Del pasado se per­cibe las hue­llas de los pasos, del futuro se per­ci­ben las pro­me­sas, pero Dios es del pre­sente. Aquí y ahora. Aquel que quiere que­darse en el pasado está equi­vo­cado. La Igle­sia debe cam­biar pero no porque yo lo quiera sino porque ella lo nece­sita. Ella debe dar res­pues­tas a las nece­si­da­des y preo­cu­pa­cio­nes del hombre del tiempo en el que vive. Por lo tanto ella tiene que cam­biar. No se puede vivir en el siglo IV, esta­mos en el siglo XXI».
«No depende de mi, la his­to­ria se mueve hacia ade­lante, esto es un hecho que está más allá de mí».

¿De qué otro tema impor­tante habla­ron?
Se habló de cuan impor­tante es hoy para noso­tros tener per­so­nas que nos acom­pa­ñen, él nos dijo: «es nece­sa­rio que uste­des encuen­tren per­so­nas de con­fianza que los ayuden en su vida de fe. Yo como papa tam­bién lo nece­sito. No pode­mos vivir solos. Es una nece­si­dad tener acom­pa­ñan­tes, con­se­je­ros, porque no pode­mos vivir solos. Yo como papa no sé todo, nece­sito per­so­nas que me acom­pa­ñen. Es por eso que creé comi­sio­nes para las refor­mas y además tengo mi con­fe­sor ».
Hubié­ra­mos que­rido hacerle más pre­gun­tas pero está­ba­mos como sus­pen­di­dos en sus pala­bras, yo pen­saba «quiero pre­gun­tar tal o cual cosa”, y al mismo tiempo «no, mejor que él siga hablando, yo no puedo inte­rrum­pirlo, es tan apa­sio­nante».

¿Se plan­teó el tema de la juven­tud de hoy?
Habló del mundo en el que vivi­mos, de este mundo al que le falta huma­ni­dad, retomó lo que dijo antes: «es un escán­dalo inter­na­cio­nal cuando la bolsa baja un punto pero nadie dice nada cuando una per­sona muere de hambre».
Al fin del encuen­tro dijo algo que nos hizo llorar a todos. Una chica le pre­guntó sobre el sufri­miento, ella vive en una fami­lia donde hay un niño con pro­ble­mas de cora­zón, por lo que pre­guntó: «¿Cómo es posi­ble que un niño sufra así? ¿Dónde está Dios?”. Y enton­ces el papa dijo: “¿Por qué pien­san uste­des que el ino­cente sufre en el mundo? ¿por qué? ¿Por qué hay jóve­nes que se matan y per­so­nas que mueren? Encon­tra­rán las res­pues­tas cuando sus cora­zo­nes lloren por ellos y enton­ces sin nin­guna duda esta­rán más cerca del cora­zón de Dios».
De hecho noso­tros llo­ra­mos todos: «Uste­des están viviendo gran­des emo­cio­nes en este momento, eso se ve», « No olvi­den que son pri­vi­le­gia­dos si están hoy aquí ».
Tam­bién nos dijo: «Los jóve­nes están dis­po­ni­bles para tra­ba­jar en la Igle­sia pero a veces hay tanta buro­cra­cia que los desa­nima. Cartas para esto, cartas para aque­llo... y ter­mi­nas eno­jado». Nos contó esta anéc­dota: «Yo conozco un padre en Argen­tina que renovó su parro­quia sola­mente comen­zando a ir a repar­tir comida en la calle. La comu­ni­dad parro­quial lo acom­pañó y el clima cambió, las per­so­nas se vol­vie­ron más inte­rio­res, más fer­vo­ro­sas… pero ima­gi­nen si un joven llega y lo pri­mero que se le dice es: « ¿te has con­fe­sado? ¿has comul­gado, estu­viste en la misa el domingo, vives con alguien? Si le haces esas pre­gun­tas es como si le dije­ras: «¿Eres digno de hacer alguna cosa? ». Le haces mere­cer su entrada a la Igle­sia ».
Dijo que lo peor para un joven es «no encon­trar el sen­tido. Si no le das un sen­tido lo matas».

¿Les quiso trans­mi­tir algo, insis­tió en algún punto en par­ti­cu­lar?
Nos alentó: «Vuél­vanse pro­ta­go­nis­tas de su propia vida». Nos decía: «Hoy tene­mos un pro­blema grave. La desh­u­ma­ni­za­ción de las per­so­nas, la cul­tura de lo dese­cha­ble, aquel que no sirve se tira. Muchos jóve­nes son exclui­dos. Los jóve­nes y las per­so­nas mayo­res». Lo había dicho ya en la cate­dral con los jóve­nes argen­ti­nos pero lo retomó con noso­tros: «No se puede excluir a los jóve­nes y a las per­so­nas mayo­res ya que son los dos pila­res de la socie­dad: los jóve­nes son la fuerza del futuro, aque­llos que llevan la utopía a la socie­dad; y las per­so­nas mayo­res trans­mi­ten la sabi­du­ría. Hay que cui­dar­los».
A una cues­tión sobre la voca­ción él nos acon­sejó: «uste­des tienen que ser acom­pa­ña­dos por per­so­nas de con­fianza. Y tam­bién que rezar».Y con humor, nos dijo:«Pero, ¡cui­dado de no caer donde un cura amar­gado en su minis­te­rio! ¡Des­con­fíen tam­bién de los padres dema­siado apa­sio­na­dos pues ellos que­rrán embria­gar­los para hacer­los auto­má­ti­ca­mente sacer­do­tes! ¡En­cuen­tren padres entre los dos extre­mos! ¡La misma cosa digo de las her­ma­nas!».
A una pre­gunta sobre la misión, insis­tió mucho en que «hay que encon­trar a las per­so­nas donde ellas están. Es nece­sa­rio mos­trar a la gente cómo vivir la fe allí donde estén. No pienso que ten­ga­mos que sacar a la gente de su medio para ense­ñar­les la fe sino más bien ir a encon­trar­los allí donde están: en la calle, en sus casas, en las cár­ce­les, en los hos­pi­ta­les. Hay que ir. Tene­mos que ir a su ambiente, apren­der a vivir de la fe aquí y ahora.».

¿Qué pudiste per­ci­bir del Papa en este tiempo con él?
Lo sentí un hombre inte­rior, un hombre de ora­ción. No es un hombre de poder. El hace chis­tes, nos dijo, por ejem­plo: «Deben escu­char, bueno, no hagan como yo que escu­cho tan poquito al Espí­ritu Santo. Pero bueno, yo no sé, tengo que apren­der cada día».
Parece preo­cu­pado por la feli­ci­dad y la dig­ni­dad de todos los hom­bres antes que todo pro­se­li­tismo, más allá de toda reli­gión o con­di­ción social…

¿El hecho de escu­char no les quitó el ape­tito?

Al con­tra­rio, ¡nos comi­mos todo! ¡Te­nía­mos mucho hambre! Y el tam­bién. Fina­li­za­mos con algu­nas pre­gun­tas sobre noso­tros y el con­cluyó: «¿Cuándo están mal uste­des donde van? Un niño va siem­pre a los brazos de su madre, enton­ces ahora cada uno en su lengua va a rezar un Ave María».
Luego escu­cha­mos un ruido afuera y él nos con­fiesa un poco triste: «Bueno, es el final, la poli­cía está en la puerta…» pero como apa­re­ció una her­mana con café, él dijo: « Súper, tene­mos café, hay toda­vía un poco de tiempo ».
Se fue a las 14:00 hs. ¡Nues­tro almuerzo duró una hora y media!.

Y des­pués, ¿qué pasó?
En medio de la mul­ti­tud nos lle­va­ron a un bus enorme, rodeado de poli­cías. Nos tras­la­da­ron a Copa­ca­bana para una con­fe­ren­cia de prensa. Una jauría de perio­dis­tas nos seguía corriendo. Tuvi­mos que pasar mucho tiempo res­pon­diendo a sus nume­ro­sas pre­gun­tas. Mi celu­lar no dejaba de sonar. Perdí la cuenta de las entre­vis­tas dadas.
Si fuera nece­sa­ria una pala­bra para cali­fi­car este encuen­tro es «sim­pli­ci­dad» la que se me viene al espí­ritu. Y al mismo tiempo estuvo excep­cio­nal.


Volver