• 23 de enero de 2009
es

«…sin decir una palabra abriré mi corazón... lleno de nombres.»

Rommy, misio­nera en Nápo­les, Italia, llega al final de sus catorce meses de misión. A la hora de regre­sar a Perú, nos com­parte un fio­retti de lo que apren­dió al lado de sus amigos napo­li­ta­nos.

Nunca pensé que en este tiempo fuera capaz de encon­trar per­so­nas que real­mente ter­mi­nan siendo tus amigos, que te quie­ren y te apre­cian con todo el cora­zón. Y durante estos catorce meses he encon­trado amigos que como dice Padre Thie­rry de Roucy a lo mejor no vol­veré a ver con esta coti­dia­ni­dad pero que de verdad quedan plas­ma­dos en mi cora­zón, como Rosa­ria nues­tra amiga del cuarto piso, com­pa­ñera de com­pras y de jala­das en su carro para lle­varme al Rosa­rio, al banco o al correo, ella siem­pre me dice «perua» (para decir peruana). O como Anna y Lelo, la “su­cur­sal Puntos-Cora­zón”, quie­nes al verme me dicen «ciao gioia» (hola ale­gría); o Señora Linda cuando me llama «Rommy Rommy», ella es nues­tra «nonna» (abuela) quien siem­pre nos invi­taba a almor­zar a su casa y nos daba lo mejor; o Angelo, nues­tro can­tante, un joven del barrio que con cariño nos decía­mos «ciao shemo» (hola tonto) con él y su fami­lia hici­mos una linda amis­tad. O Ciro el esposo de Anto­nieta que siem­pre me decía «ti voi a tagliare la cappa» (te voy a cortar la cabeza) porque una vez nos ayudó a llevar a señora Linda al hos­pi­tal y él estuvo con noso­tras todo el día sin comer, desde enton­ces nos hici­mos muy amigos con su fami­lia.


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